domingo, 2 de agosto de 2020

City

 

CITY

maurico yáñez

 

Sólo quedó conmigo la ciudad, triste y sola.

  

Ciudad de México, enero de 2006

 


lunes, 20 de julio de 2020

Foros de Discusión sobre políticas Culturales



Foros de Discusión sobre políticas Culturales
Mesa CAB de Cultura: Región MERCOSUR
31 de julio al 5 de agosto de 2008, Argentina

Experiencias de las Mesas CAB de Cultura

Guillermo Sunkel[1] nos llama la atención acerca de tres posibles escenarios para entender conceptualmente a la cultura actual: Primero, la noción de cultura como una forma de vida. Segundo, la multiculturalidad como referente de los cambios en la composición poblacional y finalmente, la cultura como producto de la articulación del funcionamiento de las instituciones sociales con los medios de comunicación.

Afortunadamente, hace tiempo dejamos atrás la idea decimonónica de que la cultura sólo se refería a temas de índole estético, por una mayor y, desde luego, mejor apreciación en cuanto al quehacer, en el terreno de lo cultural, de las mujeres y los hombres en el desarrollo de su comunidad, es decir, por una apropiación más antropológica. Pablo da Silveira la define, a la cultura, como el patrimonio común de las ideas, conocimientos e interpretaciones que nos permiten afirmar que vivimos en un mismo mundo[2].

La mención de estos dos especialistas de la cultura nos sirve para hacer énfasis en una realidad: el mundo se ha globalizado. Estamos viviendo una transformación cultural que nos rebasa, la globalización nos ha tomado por sorpresa y no nos ha dado tiempo para pensar en cómo debemos enfrentarla.

Aquí no nos detendremos a encontrar una definición unívoca que dé cuenta de nuestro quehacer. Con este complejo sistema de significados rastrearemos en el hacer cotidiano las acciones de los promotores culturales, administradores de la cultura, creadores y demás actores, las prácticas tendientes a la construcción de los espacios de diálogo y reflexión que apuntan, en sus fines, a la construcción de una cultura para la integración.

Cito, nuevamente, al Dr. Pablo da Silveira que dice “… si queremos darle un mejor equipo cultural a los miembros de las nuevas generaciones… el primer frente de ataque no estaría en la institución escolar sino fuera de ella, más precisamente en ese terreno difuso pero decisivo al que llamamos cultura… ¿Significa esto que tenemos que olvidarnos de la escuela? Ciertamente no. Pero sí significa que, además de docentes bien preparados y de planes de estudio suficientemente flexibles y actualizados, precisamos de agentes culturales que nos ayuden a explorar las posibilidades que encierra este nuevo mundo”[3].


Pues bien, este es el quehacer que nos reúne hoy día en este encuentro, ello gracias al concurso del Convenio Andrés Bello (CAB), la Secretaría de Cultura de la Presidencia Argentina y otras instancias que gustosamente se han sumado a estas iniciativas.

Quienes hemos estado cerca del CAB sabemos que una de sus metas primordiales es el fortalecimiento de los procesos de integración para la construcción de una comunidad de naciones mediante la consolidación de una cultura de integración. Las Mesas CAB de Cultura buscan la convergencia de todos los actores cuya labor sea precisamente coadyuvar en la realización de este objetivo fundamental del Convenio.

Los objetivos de las Mesas han quedado debidamente definidos: propiciar un espacio para el intercambio en torno a los procesos culturales locales, identificar temas y socios locales, así como generar reflexiones y debates en torno a las políticas culturales.

Para tal efecto, en un marco de pluralidad, respecto y apertura se busca la participación de todos los actores de la cultura, es decir, reunir a los creadores, a los gestores culturales, académicos, artistas, representantes de la sociedad civil y representantes de agencias de cooperación internacional, cuyo objetivo sea el cuidado y desarrollo de nuestro patrimonio cultural para construir un espacio de diálogo donde quepan todas las ideas y todas las voces.

Las Mesas CAB de Cultura iniciaron en Bogotá y, a partir de allí, han ido recorriendo el continente para dar cuerpo a una concepción común. En agosto de 2007 se realizó la Mesa Mesoamericana en San Salvador. Posteriormente, en octubre del mismo 2007, nos reunimos en un encuentro similar en la Mesa Andina, en la ciudad de Quito en el Ecuador. Ahora nos recibe Argentina. Se continuará en La Habana con la Mesa para el Caribe, y se cerrará el ejercicio en Bogotá con la Mesa de Mesas.

Este preámbulo sólo sirve para llevarnos a la reflexión, espero suficientemente profunda, acerca de lo que queremos sea el escenario desde el cual se incida en la construcción de políticas públicas para una cultura de la integración, cuyo rostro este sustentado en el desarrollo cultural de nuestros pueblos y con las voces de sus principales actores, la ciudadanía.


Ahora bien, qué buscamos en estas aproximaciones con los actores de la cultura. Sin duda queremos tener la certeza de que nos encontramos en el camino correcto para la construcción de políticas públicas en el ámbito cultural que nos acerquen a vivir en sociedades plurales, tolerantes, dialógicas y democráticas –aquí no nos referimos exclusivamente a los indispensables valores políticos, sino a todo este sistema de preceptos que nos llevan a una convivencia pacífica- donde todos los rostros sean uno solo pero al mismo tiempo se conserven las particularidades de cada rincón de nuestros pueblos. Entendemos que la mayoría de los temas importantes de la vida ciudadana se da en ámbitos locales.

De ninguna manera resulta ocioso decir que es la cultura quien se encarga de dar cuenta del desarrollo de cada nación y su acercamiento con la apertura democrática a la que aspiramos con ahínco.

En las distintas Mesas ya efectuadas se han abordado diversos campos y las conclusiones de cada una de ellas tienen puntos de contacto entre sí que valdría la pena rescatar. En ellas, se ha dejado en claro las grandes limitaciones que rodean a las políticas culturales cuando éstas sólo responden a vaivenes políticos, es decir, políticas inmediatistas que no atienden a los reclamos de los generadores de cultura, sino sólo al grupo de poder en turno. Ni que decir de los inmensos recortes presupuestales al ramo de la cultura en cada “emergencia” económica, por las que se ven afectadas todas las administraciones públicas de nuestros países.

Por otra parte, también es claro que las políticas culturales “en turno” no son incluyentes de todas las corrientes estético creativas, mucho menos tienen el carácter integrador en temas que hoy por hoy son nuestra preocupación, tales como: cultura y medio ambiente –donde podría rescatarse al viejo saber de nuestros pueblos originarios y su trato para con la tierra-, cultura y educación –cuyo proceso sabemos parecería indisoluble, pero lamentablemente también sabemos que se ha priorizado en el ámbito escolar formal el estudio de las ciencias duras y el conocimiento del hombre por el hombre mismo está lejos de ser una rama de atención prioritaria-, incluso también es importante hablar de cultura y tiempo libre creativo, de empresas culturas y de una gama de temas que sólo en Mesas y Foros de Discusión como este se rescatan.

Así, estamos lejos de configurar mercados de bienes simbólicos y culturales que se inserten en los procesos de la globalización tan vigente en nuestra actualidad. Cuando señalamos el término globalización pareciera que sólo afecta o sólo nos referimos a los mercados económicos y no reparamos en la cantidad de áreas de nuestra vida que se ven violentadas con dicho proceso.

Estas y otras tantas reflexiones han tenido su espacio en las Mesas CAB de Cultura. A partir de ellas se ha dado voz a los sin rostro, a quien pocas veces han sido escuchados, asimismo se han logrado rescatar importantes ideas para el desarrollo de la sociedad a través de la reflexión en torno a la cultura. Algunos ejemplos de estas ideas son:
·        La necesidad de incidir en el tema de Formación para la gestión cultural.
·        La oportuna y también necesaria tarea de crear Observatorios culturales para la elaboración de políticas culturales efectivas desde lo local. Considerando que el espacio geográfico es rico en memorias, consensos y tensiones que sólo los que lo viven pueden dar cuenta de ello.
·        Trabajar con denuedo en el tema de Cultura en el ámbito de la educación formal y no formal.
·        Un tema de suma importancia es la Cooperación internacional para la búsqueda de apoyos a proyectos culturales viables, en este caso juega un relevante papel el concurso de los organismos internacionales. Es importante incorporar el tema de cultura en la agenda de las negociaciones internacionales.

Como dije, estas reflexiones son sólo botones de muestra de las acciones que nos falta por realizar en torno a procesos culturales para el desarrollo. Entendemos que la cultura reviste una mayor importancia cuando se inserta en la vida social como un instrumento coadyuvante para la cohesión social, hacia allá enfilamos nuestros pasos.


Antes de concluir quiero referirme a tres temas que considero son vitales y a los cuales les debemos una mayor atención: Primero, el tema de Cultura y Migración. Sabemos que los flujos poblacionales tanto internos como externos provocan tensiones difíciles de encarar, toda vez que los desequilibrios que suscitan en las comunidades receptoras de población migrante muchas veces impiden observar las nuevas posibilidades de interacción cultural. Estimo que el tema de cultura y migración deberá abordarse con mayor amplitud en cada reunión de esta naturaleza.

El segundo tema que considero de una mayor relevancia y que aún no hemos abordado en su totalidad es el tema de Cultura y Juventud. Las y los jóvenes de de nuestra América Latina, se encuentran a la expectativa de conocer cuáles serán las políticas públicas que los aprecie como el centro de atención. La atención que demos a nuestros jóvenes tendrá un efecto positivo en el futuro inmediato de nuestros pueblos porque elevará el desarrollo social de manera exponencial.

El tercer punto tiene que ver con el tema de la violencia. El mundo contemporáneo nos presenta un alto grado de violencia, tanto social como criminal, que nos impide una convivencia pacífica y plena. En alguno de nuestros países los temas como narcotráfico, guerrilla, prostitución infantil, delincuencia organizada, cubren las primeras planas de los diarios locales, los vemos tan cercanos que su presencia nos parece cuasi normal. Sucede lo mismo con los temas de violencia social tales como pobreza extrema, discriminación por diversas causas, y tantos otros que nos hemos acostumbrado a vivir con ellos. Considero que no debemos permitir que nuestra convivencia esté mediada por estas laceraciones sociales.

En ese sentido, apelo nuevamente a la cultura  y, desde luego, a los gestores y administradores culturales, como el instrumento capaz de ofrecer alternativas viables para encarar estas tres demandas enunciados.


Finalmente, tenemos que regresar a la pregunta de origen ¿qué queremos propiciar con nuestras Mesas de Cultura? En resumen, lo más importante que vemos para el futuro cercano es la consolidación de lo que se ha logrado en más de una década, a través de los esfuerzos del CAB, y presentar un cuadro coherente y general que haga énfasis en el campo de las políticas públicas desde las estrategias de desarrollo creativas. Consideramos que estamos en la búsqueda de construir una política cultural que fortalezca la integración latinoamericana e iberoamericana, toda vez que nos reconocemos en un tronco compartido, pero al mismo tiempo rico en su pluralidad, aquí está el sustrato decisivo de lo que a cultura se refiere de una integración con sentido contemporáneo. 








[1] Sunkel, Guillermo. “Cultura, conflictos y formas de convivencia” en América Latina, otras visiones desde la cultura. Bogotá, CAB, 2005, 39-67 Págs.
[2] Da Silveira, Pablo. “La educación siempre llega tarde”. http://www.eoi.es/pensariberoamerica/ric03a04.htm.
[3] Op. Cit.

viernes, 17 de julio de 2020

El Insurgente José Francisco Osorno y la Revolución de Independencia en los Llanos de Apan 1810-1821


El Insurgente José Francisco Osorno y la Revolución de Independencia en los Llanos de Apan 1810-1821.
Un Estudio Regional.
(PONENCIA)
 Mauricio Yáñez Bernal


                        Se me ha pedido que hable, brevemente, sobre el proceso de investigación que se llevó a cabo hace algún tiempo bajo el amparo del Taller o PIF de Historiografía Regional. A la postre, dicho estudio arrojó como resultado la tesis “El Insurgente José Francisco Osorno y la Revolución de Independencia en los Llanos de Apan 1810-1821. Un Estudio Regional”, que fue presentada para obtener el grado de la licenciatura en historia, en esta misma escuela.
                        La tesis de referencia, en principio, buscaba explicar el proceso de la revolución de independencia en un contexto específico: Los Llanos de Apan. Seguros estabamos de encontrarnos con mecanismos específicos que fueran explicando el desarrollo del movimiento independentista en esta zona del país, aunque, en ese momento, desconocíamos cuáles serían dichos mecanismos. El proyecto contaba, para su propia fortuna, con la particularidad de que, además de la mecánica regional, también queríamos apropiarnos de la acción de un independentista de la zona conocido como José Francisco Osorno, quien, según los primeros datos encontrados, fue el caudillo más importante de la región en la época. La aventura de investigación resultaba interesante. En este sentido, cabe señalar que, conforme nos acercamos a los documentos la figura de José Francisco Osorno pasaba frente a nuestras barbas en cada uno de ellos, de aquí que, fue más una insistencia del propio personaje que una inclusión personal. Osorno es visto en toda la historiografía que sobre la región y el período se ha escrito.

                        Iniciamos la investigación, como muchos, con poquísimo material tanto bibliográfico como de archivo y sin un marco teórico claramente definido, en esta labor es justo agradecer el trabajo realizado por el Dr. Claudio Vadillo, en cuanto a la preocupación por buscar la fórmula que mejor definiera nuestro objeto de estudio. En virtud de que presentar una región como “objeto histórico” conlleva la necesidad de construirla a partir de elementos claros, coherentes y fuertemente interrelacionados para conformar una verdadera unidad espacial digna de ser estudiada y expuesta en una investigación, dicha conformación da sentido al binomio espacio-tiempo que en sí mismo es necesario e irrenunciable para entender las transformaciones que el hombre ha tenido a lo largo del tiempo. Esta fue nuestra primera premisa, dar cuerpo y sentido a una región histórica con los escasos datos con que contábamos al momento. Hicimos un recorrido por el campo teórico en cuanto a los planteamientos que la historiografía mexicana estaba manejando: visitamos los avatares de la microhistoria expuesta por el michoacano Luis González.[1] Nos acercamos a los pronunciamientos de Eric Van Young,[2] y su puerta anchísima para la historia regional donde casi todo puede caber, en virtud de que para Van Young cuando hablamos de región lo que tenemos son sólo hipótesis por demostrar; de igual forma, acudimos a Juan Pedro Viqueira[3] y nos adentramos en esa propuesta que realiza para señalar a la historia regional como el asidero de la historia total donde cabe lo social, lo político, lo simbólico, lo económico, etc. Asimismo, reflexionamos con las propuestas de Andrés Fábregas para quien la importancia de la región radica en la oportunidad de comprender la historia y las tradiciones culturales en el ámbito concreto donde acontecen “es el enfoque que nos acerca más a la realidad del país y su proceso formativo”.[4] La antropología ve a la región como el hábitat de una sociedad singular en donde tiene verificativo un proceso histórico particular. En fin, continuamos en esta búsqueda y visitamos a otros estudiosos de la región como concepto y como objeto de estudio, hasta que topamos con Ignacio del Río y su concepto de regiones humanas, él las explica de la manera siguiente: “se localizan en un espacio que es de naturaleza geográfica: La extensión de ellas, aunque se trate siempre de una extensión geográfica, no se define por la presencia de elementos naturales sino por el hecho humano; por los modos de la presencia y la acción de los hombres”,[5] con dicho concepto nos acomodamos a trabajar e iniciamos nuestro peregrinar por los meandros de los recintos archivísticos y sus montañas de papel por revisar.

                        La visita a los archivos históricos fue por demás creadora, impregnarse del añejo aroma de los documentos es lo que verdaderamente moldea el carácter del historiador y su gusto por el quehacer histórico, esta actividad permite conocer y guardar ese olor que se le mete a uno en la nariz y permanece allí por mucho tiempo, tanto como el propio historiador se lo permita. En los archivos históricos se despierta a los muertos y, en un diálogo con ellos abierto y sin cortapisas, se les asigna un nuevo papel en la historia. Basamos nuestro trabajo en los acervos del AGN y en los archivos históricos del Estado de Hidalgo ubicado éste en Pachuca, y del Estado de México que se localiza en la fría ciudad de Toluca.
                        Al avanzar con el trabajo, la cantidad de información aumentó considerablemente, no todo era susceptible de traer a cuenta, por ello procedimos a realizar un trabajo de disección, como diestros cirujanos buscamos las piezas que unieran el rompecabezas que habríamos de presentar, la intensión era explicar con solidez un proceso histórico más que mostrar solamente los hechos en sí, de esto no teníamos duda.
                        En esta lucha por desterrar las sombras, tuvimos que actuar con irreverencia frente a la cotidianidad de la gente de la época, sin invitación nos metimos a las fiestas religiosas y civiles de que participaban; llamados por la curiosidad visitamos las haciendas pulqueras que se asientan en la región, allí nos enteramos que estos centros de producción ayudaron económicamente para el mantenimiento de la guerra de independencia, los hacendados se vieron a medio camino de un fuego cruzado entre dos bandos que no fueron tan irreconciliables, como se ha podido ver con las recientes investigaciones, cuando concluye el proceso bélico; de igual forma, conocimos la división social que existía en las postrimerías del período colonial mexicano, y también, nos enteramos de algunos cantos que se entonaban en son de burla acerca del gobierno virreinal.
                        En este estudio, que siguió sus propias leyes incluida la del azar, tuvimos la fortuna de ingresar a la particularidad de la vida de un hombre que fue protagonista central de todo este proceso, el caudillo insurgente José Francisco Osorno, quien nos ofreció o dejó para consumo de los historiadores, con algunas restricciones claro, la información referente a su participación en la guerra de independencia. En esta etapa del proceso de acopio de información nos pudimos percatar que Osorno fue impulsado a participar en este movimiento movido por sus propias ideas, mismas que en algunos aspectos diferían de lo que se venía gestando desde el bajío mexicano, el control de mando de las tropas insurgentes de la zona sólo debería corresponderle a él; el mismo Osorno, en esta zona del país, tasaba el pago de aranceles que correspondía cubrir a los hacendados pulqueros para que esta bebida -el pulque- pudiera seguir llegando, con regularidad, a la ciudad de México, dentro de los vaivenes de esta compleja personalidad tenemos que incluso al “guerrillero de Apan” –mote con que lo presentan algunos historidores- se le acusa de traición al movimiento,[6] esto en virtud de que no movió un dedo por evitar un atentado perpetrado por las tropas realistas en contra de Ignacio López Rayón, cuando este jefe insurgente visitó -en los meses de junio a septiembre de 1814- la región que Osorno comandaba; este mismo hecho ofrece una de esas contradicciones que aparecen en la historia patria y que resultan tan inquietantes, toda vez que José Francisco Osorno, el caudillo insurgente de los Llanos de Apan, recibió el grado de teniente general por la Junta de Zitácuaro,[7] instancia rectora del movimiento independentista, donde uno de sus principales promotores y cabecillas era el propio Ignacio Rayón.

                        Como es sabido todas las investigaciones parten de premisas conocidas, a estas premisas les llamaremos los efectos, el trabajo del investigador, en este particular del historiador, escrutador de los acontecimientos del hombre en el tiempo, es desenredar la madeja y establecer los movimiento o mecanismo que los originan y que para nuestra comprensión llamaremos causas, tarea nada fácil sin duda, pero harto satisfactoria. El velo de sombras que cubre, todavía, a muchos procesos de la historia nacional representa un verdadero desafío al que habrá que hacerle frente. A la pregunta: ¿vale la pena seguir escribiendo historia en este mundo tecnologizado y lleno de preocupaciones por el futuro?, Respondo con un rotundo sí, desde luego que sí vale la pena continuar con nuestro quehacer; de lo contrario, cómo nos paramos frente a la ilusión del mañana sin conocer siquiera la solidez que nos ofrece nuestro pasado.
                        Con este estudio llegamos a conclusiones interesantes: logramos dar sentido a una unidad regional desde la perspectiva, ya señalada, de las regiones humanas; vislumbramos los entramados de la guerra de independencia en esta zona del país y señalamos cómo se inserta este proceso en el gran concierto de la historia nacional. Nunca fue nuestra intensión construir una biografía apologética de nuestro personaje, tomamos su accionar para inmiscuirnos en la vida de los habitantes de nuestra región de estudio; al final dejamos sentado que el caudillo insurgente José Francisco Osorno, lejos estuvo de representan, verdaderamente, los intereses de las huestes que le seguían.

                        Para concluir, con esta tesis se presentaron los elementos que dan cuerpo a lo que hemos llamado la “región de Osorno” como región histórica, entendiendo a la región histórica como la expresión de procesos sociales (humanos) conceptualizados en el tiempo con una base geográfica, de tal manera que nuestra región puede variar al cambiar cualquiera de sus elementos ya sea por fuerzas internas o externas, el ejercicio en sí mismo es interesante por las grandes aproximaciones que se mostraron, no se pretende, de ninguna manera, establecer dicha región para que ella misma sea inamovible en el espacio y en el tiempo; por el contrario, esta investigación es una puerta más que se abre en el universo de posibilidades de análisis, de ningún modo es un estudio acabado ni remotamente cerrado, este estudio desde el ámbito regional aporta muchos elementos para nuevas investigaciones, la ambición de este trabajo se centró en explicar un proceso histórico partiendo de la vida y acción de los propios actores que lo conformaron, otras investigaciones vendrán a abrir otras perspectivas de estudio, tomando elementos nuevos cuando la propia investigación así lo permita.



Ciudad de México, 22 de septiembre del 2000.




[1] Luis González.  Invitación a la microhistoria.  Sepsetentas. 1973.
[2] Eric Van Young, Haciendo historia regional: Consideraciones metodológicas y teóricas. Inst. Mora. 1991.
[3] J. P. Viqueira. Historia regional: tres senderos y un mal camino, en Secuencias.  Inst. Mora. 1993.
[4] Andrés Fábregas, El concepto de región en la literatura antropológica, Inst. Chiapaneco de Cultura. 1992.
[5] Concepto tomado de Ignacio del Río en su artículo “De la pertinencia del enfoque regional en la investigación histórica sobre México”, en Históricas, diciembre de 1989.
[6] Carlos Herrejón (investigación).  La Independencia según Ignacio Rayón. Ignacio Rayón hijo y otros.  SEP. 1985. Pág. 210.
[7] Ana Lau Jaiven y Ximena Sepúlveda. Hidalgo una historia compartida. Inst. Mora. 1994. Págs. 56-57.

lunes, 20 de enero de 2020

Violencia e identidad en la novela latinoamericana


Coloquio Memoria e identidad
Mesa 2: Memoria, Identidad, Arte y Literatura
Modera: Elena Díaz Miranda
FES-Acatlán, UNAM
Auditorio 901
12-16 de noviembre de 2007

Violencia e identidad en la novela latinoamericana[1]
Mauricio Yáñez[2]


La novela es, antes que nada, una forma de conocimiento y de auto conocimiento, es también un vínculo de identidad[3].

La presente ponencia tiene por objeto aproximarse a los nuevos sujetos de la novelística latinoamericana contemporánea. No a los personajes de manera individual, sino al colectivo social que, más allá de figurar como un mero escenario, aparece dibujado como una verdadera preocupación de parte de los autores por retratar a grupos sociales y su devenir histórico y literario. Estas historias construidas a partir del trabajo narrativo –novelesco- no necesariamente deben ser verdades históricas, aunque sí contar con un alto grado de verosimilitud en su estructura y en su trama con el fin de reflejar nuestra realidad social y al mismo tiempo, realizar la conexión entre ella y su lector.


La búsqueda de la identidad cultural latinoamericana de suyo ha sido un ejercicio arduo. En éste esfuerzo han empeñado su quehacer sociólogos, antropólogos, historiadores de la cultura y una gama variadísima de estudiosos. Lo señalado ha sido muy bien expresado en palabras del novelista mexicano Jorge Volpi: “El ser humano es el único animal que ha convertido sus obras –su cultura- en su principal garantía de supervivencia”[4].

Este esfuerzo de búsqueda ha mostrado nuestro incierto devenir histórico en ocasiones desde tiempos muy lejanos, en esas estructuras sociales que el historiador francés Fernand Braudel señalaría como “historias de larga duración”.

En otros momentos y más cercanos en la historia a nuestro presente incierto, recorrimos nuestro pasado prehispánico buscando en los grupos originarios signos y significados de nuestra alma mater. Más tarde, y ya como países independientes, el mestizaje nos ayudó a comprender los rasgos de nuestra identidad, que si bien es cierto mucho tenía de indígena, también es verdad que, para ese momento, nuestro gen ibérico se hacía presente.

Apenas en la segunda mitad del siglo anterior, esa preocupación por la búsqueda de nosotros mismos y de una clara identidad latinoamericana, nos llevó a presentarnos al mundo como lo que somos: pueblos ricos en cultura y tradición, vivos y llenos de esperanza por alcanzar estadios mejores de bienestar.

Es así como en las postrimerías de la década de los cincuenta, pero sobre todo en la de los sesenta del siglo XX, la novela latinoamericana se esforzó por hacerse presente en el mundo literario a través de un concierto de obras llenas de lo que a la postre sería denominado como “realismo mágico”, con lo cual nuestra identidad latinoamericana quedaba descrita en dos mundos paralelos: uno en lo histórico-objetivo y otro en el mundo de lo fantástico. Con el paso del tiempo, esta temática de lo real e imaginario se ha ido desplazando a nuevas formas de interpretar, desde el mundo de la novela, el presente.

El boom de la novela en la América Latina nos muestra mundos cuasi irreales pero al mismo tiempo muy vivos y cercanos a nuestros pueblos. “Macondo” en Cien Años de Soledad de Gabriel García Márquez o “Comala” en la obra de Juan Rulfo, son el botón de muestra de lo que queremos señalar. Por poner tan sólo un ejemplo: El mundo mágico de Arcadio Buendía bien se puede ubicar tanto en el caribe colombiano como en algún punto lejano de la selva chiapaneca mexicana. Pero no es sólo el mundo de la familia Buendía el que rastreamos a través del sueño de García Márquez, sino el de toda una comunidad que los acompaña en su histórico transitar por la tierra de la literatura.

Esos mundos fantásticos y llenos de ferviente ilusión son una hipótesis literaria, una apuesta por un ideal posible; no obstante, vemos que cada día se alejan más estas expresiones paralelas y ceden el paso a nuevos mundos, más reales pero también con una brutalidad mayor en sus prácticas de convivencia.

Posteriormente y en apego a lo señalado por Nelson González-Ortega[5], arriba al mundo la novela “postboom”  o “postmacondiana”, con lo cual se dibujaron escenarios llenos de un flujo de expresiones revolucionarias, de cambio y despertar.

Por otra parte, para este momento histórico, en México tuvimos la presencia de lo que los entendidos llaman “literatura de la onda”, en la cual nuestros jóvenes escritores querían plasmar las transfiguraciones que su sociedad estaba experimentando en ese momento. Lo hicieron mediante gritos de libertad juvenil. Nos referimos a obras como De perfil, de José Agustín, Pasto verde de Parménides García Saldaña y Gazapo de Gustavo Sainz, entre otras.

En este caso permítaseme una digresión. José Agustín ha señalado que la autora de este adjetivo “literatura de la onda” a la obra reunida de varios jóvenes escritores, que en su momento hablaron de drogas, sexo, comunas y rock, fue la escritora Margo Glantz en su libro Onda y escritura en México (Siglo XXI, 1970), pero el mismo José Agustín ha rechazo este calificativo, las veces que ha tenido oportunidad de hacerlo[6].

Coincidimos con las palabras del español Francisco Umbral, cuando señala que, en general, la novela del último cuarto del siglo XX retoma los patrones narrativos clásicos: el interés por el argumento, el desarrollo lineal de la historia y la voz única del narrador. Predominan los temas urbanos, los personajes antiheroicos y un estilo muy cuidado[7].

Llegando a nuestros días. La novela latinoamericana contemporánea ha evolucionado al mismo ritmo que la sociedad, al grado de presentarnos a colectivos sociales opacos y, en algunos casos, hasta desesperanzadores, por ello consideramos que en el momento actual existe un elemento común que da sentido a un grupo de novelas, en apariencia dispersas, cuyas temáticas abordan, también, diversos mundos, como por ejemplo el de los migrantes, la guerrilla, narcotráfico, figuras de poder, desplazados, etc. Ese elemento común es la violencia como identidad en América Latina. Para tal efecto, repasaremos algunos ejemplos del contexto histórico y literario en la novela de Latinoamérica.


Obras como Abril rojo, del peruano Santiago Roncagliolo; Noticia de un secuestro, de Gabriel García Márquez; La mara, del recién fallecido Rafael Ramírez Heredia; La fiesta del chivo, del peruano-español Mario Vargas Llosa, La multitud errante, de la colombiana Laura Restrepo; La Virgen de los sicarios, del también colombiano Fernando Vallejo; Santa Evita, del argentino Tomas Eloy Martínez; La Silla del Águila de Carlos Fuentes, entre otras, son un reflejo de las transformaciones sociales que el siglo XXI ha traído con él y de cómo la novela se ha apropiado de estos personajes. Las nuevas identidades colectivas latinoamericanas quedan identificadas en la novela actual, pues en ella existe una notable riqueza de argumentos respecto a ellas.

En este momento, y como ejemplo de lo que quiero señalar sobre la irrupción de la violencia en nuestra sociedad latinoamericana, traigo a cuenta palabras de García Márquez en su obra Noticia de un secuestro, referentes al desconcierto de la sociedad colombiana cuando los capos de la droga se hacen presentes en la vida social de ese país:

“Colombia no había sido consciente de su importancia en el tráfico mundial de drogas mientras los narcos no irrumpieron en la alta política del país por lo puerta de atrás, primero con su creciente poder de corrupción y soborno, y después con aspiraciones propias”[8].

En otra cita del mismo texto señala que:

“(Los Extraditables) Pretendían también que los consideraran delincuentes políticos, y les dieran en consecuencia el mismo tratamiento que a las guerrillas del M-19, que habían sido indultados y reconocidos como partido político”[9].

Este tema, el del narcotráfico, también ha sido abordado, entre otros autores, por Fernando Vallejo en su novela La virgen de los sicarios (1994).

El mundo de las drogas y la guerrilla aparecen marcadamente en el último tercio del siglo pasado en Colombia, trastocando la civilidad del país y dándole, desde luego, un sesgo a la literatura que se genera en dichas tierras. Giro que traerá, para los temas literarios, los mundos que conllevan los personajes centrales de estas tramas y los grupos de afectados por las mismas.

Por otra parte, la también colombiana Laura Restrepo ha sabido dibujar perfectamente el mundo de los desplazados por la ocupación de la guerrilla en comunidades enteras, ella señala, en su novela La multitud errante, lo siguiente:

“El albergue (para refugiados de la violencia), estaba ya de por sí copado hasta el tope la tarde en que llegaron los cincuenta y tres sobrevivientes de la masacre de Amansagatos.  Lograron escapar de la prepotencia armada de la guerrilla tirándose con niños, ancianos y heridos a las aguas del Opón y atravesando la selva en extenuantes jornadas nocturnas; por el silencioso cauce del río”[10].

Y, sin duda, Laura Restrepo sabe de lo que está hablando en el tema de la guerrilla colombiana. Una de sus obras más importantes es Historia de un entusiasmo[11] publicada en 1986 que surge de su trabajo y compromiso en la Comisión Negociadora de Paz entre el gobierno y la guerrilla colombiana, en el año de 1984.

También vemos, a través de la novela, la cerrazón de parte del poder político por darle reconocimiento a grupos subversivos que aparecieron y, en algunos casos, siguen apareciendo por toda nuestra América Latina. En ese sentido, me parecen muy representativas las palabras del novelista Santiago Roncagliolo, en su obra Abril rojo, ganadora del premio Alfaguara de novela 2004, refiriéndose a la guerrilla de Sendero Luminoso en el Perú, cuando el personaje central de esta novela, el fiscal distrital adjunto Félix Chacaltana Saldívar, informa a su superior que la comisión de un homicidio pudo deberse a rescoldos senderistas, el comandante militar de la zona lo increpa: “Está usted paranoico, señor fiscal. Aquí ya no hay Sendero Luminoso…  Grábese en la cabeza una cosa; en este país no hay terrorismo, por orden superior. ¿Está claro?”[12].

Es decir, las instancias de poder quieren que, como ellos, cerremos los ojos ante ciertas realidades inocultables o bien, que por decreto desaparezcan todos los lastres sociales que hemos venido arrastrando desde tiempo remotos.

En este concierto de soledades humanas y abusos constantes, nos encontramos también el mundo de los migrantes, que han decidido dejar a sus muertos, como lo diría Juan Rulfo, en la búsqueda de mejores derroteros. Apuesta en la que muchos han perdido todo, incluyendo la vida. Mundos que, punto aparte, nos muestran uno de los mayores rasgos de violencia social en nuestras sociedades contemporáneas, donde los abusos son el pan de cada día. Resulta muy ilustrador la forma en que Rafael Ramírez Heredia trató este tema en su novela La mara, en la cual podemos tener una pincelada del inframundo en que se mueven los centroamericanos que intentan llegar a los Estados Unidos y como, para ello, tienen que atravesar nuestro territorio en el cual, en muchas ocasiones nos le va nada bien: Aquí una breve cita:

“Los migrantes sólo saben de lo largas que serán las noches. Ruegan por tener la suficiente fortaleza para seguir aferrados a su reducto, que defenderán con malévola fibra”[13].

Otro tema que también es importante rescatar en la voz de nuestros novelistas, y en este concierto de laceraciones sociales, es cómo la presencia de esta violencia y muerte se ha vuelto de una cotidianidad asombrosa. Mario Bencastre en la novela Disparo en la Catedral, referente a la guerra interna en El Salvador, señala que la convivencia frecuente con la muerte nos vuelven no sólo insensibles sino hasta despreocupados por su familiar cercanía. Sobre este asunto permítaseme una cita un poco extensa:

“La siguiente mañana, sumamente preocupado por la ausencia de Lourdes, me dirigí a esperar el autobús al trabajo. La noche había sido de terrible incertidumbre, ansiedad y vigilia… En la esquina opuesta, varias personas examinaban unos cuerpos que descubrieron en la basura y trataban de establecer su identidad. La curiosidad me hizo atravesar la calle. Se cubrían la nariz y con palos de escoba espantaban ratas escondidas entre los cuerpos en descomposición. Sentí un gran alivio al comprobar que ninguno de los cadáveres se parecía en lo más mínimo a Lourdes. Regresé a unirme al grupo que esperaba el autobús. El incidente de la esquina opuesta continuaba siendo el tema de conversación entre varias personas. Otros hablaban de lo caro que estaba todo y lo fácil que era amanecer muerto en medio de la calle”[14].

Nuestro recorrido, a través del mundo de la novela latinoamericana y de cómo en ella se refleja predominantemente el tema de la violencia social en sus diferentes formas, podría ser más exhaustivo, pero lo que hemos intentado es hacer patente esta preocupación mediante un breve examen a la novela latinoamericana contemporánea.


En conclusión: podemos decir que las nuevas identidades colectivas latinoamericanas quedan perfectamente identificadas en la novela actual como sociedades en una disputa violenta por y para el poder. Ello no es sólo una afirmación de facto, es una síntesis de lo que la sociedad de  Latinoamérica está viviendo y su novelística ha rescatado, que punto aparte, debemos decir, está muy bien elaborada y con mucha riqueza en sus ideas.

Carlos Fuentes así lo señala en su novela La silla del águila, obra que se refiere a las luchas por el poder político en México. La afirmación de Fuentes se expresa cuando en una carta de Maria del Rosario Galván a Nicolás Valdivia, personajes centrales de este texto, le dice:

“México está teñido de ríos ensangrentados y cavado de barrancas fúnebres y sembrado de cadáveres insepultos. Ahora que debutas en política, mi bello, deseable amigo, jamás pierdas de vista el desolado panorama de la injusticia que es la sagrada escritura de nuestras tierras latinoamericanas”[15].

Palabras lapidarias escritas por Fuentes, que no dejan lugar a la duda de nuestro germen y tradición de violencia en pro del poder, ya sea este económico o político.

Mismo tema, el del poder político y sus entretelones, lo observamos también en la novela Santa Evita de Tomás Eloy Martínez, en la cual este argentino, más allá del anecdotario mezclado con aportes de la fantasía en torno al manejo y desaparición del cadáver de Eva Duarte de Perón, plasma los avatares del pueblo marginal, de “los descamisados”, de los que menos tienen y que lloran e incluso rezan, ante la muerte, en el año de 1952, de su santa y mártir Eva Perón.

Otro ejemplo es La fiesta del Chivo de Mario Vargas Llosa.

A través de este recorrido histórico literario, observamos como se ha ido trastocando la temática de nuestra novelística latinoamericana. La novela ha rebasado lo fantástico y cuasi surrealista, para dar paso a un realismo lacerante que se inscribe como tendencia temática del nuevo siglo.

Pienso que hemos realizado un esfuerzo por comprender la identidad latinoamericana a través de sus novelas que, sin menoscabo de las ciencias sociales, son una rica fuente de estudio para acercarnos al imaginario de nuestra propia identidad colectiva y pueden servir como complemento a los trabajos que se estén realizando desde otras trincheras.


¡¡MUCHAS GRACIAS!!


México, D.F., 15 de noviembre de 2007





[1] Ponencia Presentada en el Coloquio “Memoria e Identidad”, organizado por el Claustro de Historia de la FES-Acatlán/UNAM, el 15 de Noviembre de 2007.
[2] Mauricio Yáñez es historiador y narrador, también es profesor de la materia de “Historia de México Contemporáneo” en la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH).
[3] Jorge Volpi señala que la novela “…es un vehículo para la transición de ideas y emociones, convertidas en historias…  Al igual que la ciencia, la filosofía o las ciencias sociales, la novela es antes que nada una forma de conocimiento”.
Volpi, Jorge. “notas sobre el arte de la novela” en Revista de la Universidad de México. Nueva época, No. 12. Febrero de 2005.
[4] Volpi, Jorge. Op. cit.
[5] González-Ortega, Nelson. La Novela Latinoamericana de Fines del Siglo XX: 1967-1999. Hacia una tipología de sus discursos.
Proyecto de investigación “Nuevas voces en un mundo plural: un estudio de las narrativas hispánicas de fines del siglo XX”. Universidad de Oslo, Noruega.
[6] José Agustín. “La onda que nunca existió” en Revista de crítica literaria latinoamericana. Año XXX, No. 59. Lima-Hanover. Primer semestre de 2004. págs. 9-17.
[7] Tomado de la página web: www.kalipedia.com
[8] García Márquez, Gabriel. Noticia de un secuestro. México. Diana. 1996. pág. 31.
[9] García Márquez, Gabriel. Op. cit. págs. 93-94
[10] Restrepo, Laura. La multitud errante. Colombia. Palneta Colombiana. 2001. pág. 129.
[11] Restrepo, Laura. Historia de un entusiasmo. Colombia. Aguilar. 2005. pp. 385.
[12] Roncagliolo, Santiago. Abril rojo. México. Alfaguara. 2006. págs. 45-47.
[13] Ramírez Heredia, Rafael. La mara. México. Alfaguara. 2004. pág. 15.
[14] Bencastro, Mario. Disparo en la Catedral. México. Diana. Pág. 153.
[15] Fuentes, Carlos. La silla del águila, México. Alfaguara, 2003. Pág. 23.