viernes, 26 de julio de 2019

LA NOCHE DE LAS BALLENAS

                                                                            

             

La noche de las ballenas[1]
Mauricio Yáñez


Conejo, pingüino:

Quisiera ser una ballena para poder tragarte. Empezaría por donde tú ya sabes… y terminaría de comerte por las nalgas. Esas nalgas tuyas tan peludas, tan duras, tan entrañables, lo mismo que tu barbilla acariciándome con esos vellos siempre finos, siempre amándome.
Sí, quisiera ser ballena para comerte completo y no dejarte ir nunca más. Tenerte dentro de mí, como en aquellos días en que verdaderamente te sentía dentro de mí, remolineándote, entrando y saliendo una y otra vez hasta siempre.
Eres conejo por tu manera de ser saltarín, inquieto, por tu disposición a amarme, por tu locura por mi sexo que ahora te gime, te extraña. Pero también eres pingüino porque eres aparente, siempre disfrazado con un traje de adulto para que la gente no te reconozca y descubra que en realidad eres un conejo, un conejo saltarín en mi cama. ¿Desde cuándo no he visto al conejo?

                                                                                       La ballena



            Esta fue la primera carta que Marcia le mandó, usando como paloma mensajera a su amiga, aquella que trabajaba muy cerca de donde laboraba él y que fue, al mismo tiempo, el vehículo que utilizara el destino para que Marcia lo conociera.

                        Desde el principio de la relación Marcia se sabía en desventaja. Él nunca ocultó su condición de esposo y padre. Nunca le prometió nada, sólo aquellos momentos que le pudieran robar a la rutina, entrevistas fugaces y casi siempre para tener sexo, encuentros que invariablemente terminaban mucho antes del amanecer. Sólo relaciones vampíricas, para morir antes de la salida del sol.

                     

Lo conoció en una fiesta en que la amiga-mensajera invitó a Marcia.  Rítmicamente se dejaron llevar. Desde el primer instante se amaron, siempre en el departamento de ella, comprendiendo la fragilidad del juego, la no renuncia a la condición previa. Marcia y su impotencia.

Ausencia:

No he podido acostumbrarme a tu partida. Te grito cada segundo por cada milímetro de mi piel y de mi ser, porque desde que te fuiste conocí que yo soy dos. Una es sólo cuerpo que hace todas las cosas que hacen los demás cuerpos: duermo -a veces-, me baño -tres veces diarias-, como -sólo lechugas-. La otra no tiene nada que ver con la primera, esta otra grita más fuerte, es la que te recuerda, suspira por tus retozos en mi cama, es la que verdaderamente siente cuando estás dentro de mí, es ella y no la primera, la que ha enmudecido desde ayer, o desde hace siglos y no quiere volver a hablar, por eso la odio.
Conejo, conejo saltarín, ¿cuándo volverás a saltar sobre las dos?

                                                                       La ballena que come lechugas
                                                                                   por falta de conejos


                        Esta segunda nota fue enviada por Marcia, nuevamente vía la amiga-mensajera, a los diez días que él le comunicó que no volvería. La amiga le pidió que fuera a verla tan sólo para regresarla al mundo, él se negó.

                        La relación de ellos duró sólo dos años, inconstante, pero siempre con un regreso, una vuelta a la tuerca de las improbabilidades. Se fustigaron hasta la saciedad. Cada regreso fue más violento y más breve, hasta que no hubo más.


Conejo, ausencia, pingüino:

Desde ayer empecé a escribirte, he escrito miles de letras y no entiendo por qué la hoja sigue en blanco, quizá las perdí. Eran un recuento de los días de la infancia en que los conejos no me inquietaban ni los padecía. También escribí de los años de escuela, días y años largos; así, escribiendo, te vi pasar por la hoja en blanco y anoté los saltos de un conejo que retozaba en mi cama, que al inicio de la tarde se metía dentro de mí y en el transcurso de las duermevelas desaparecía hasta la tarde siguiente para volver a retozar en mi lecho y volver a meterse en mí.
Este cuerpo que sirve para que el conejo duerma conmigo está húmedo por la ausencia, esperando que alguien regrese, el conejo saltarín o el pingüino formal. Cuerpo que sigue dispuesto a transformarse en ballena para alimentarlo dentro de ella y no dejarlo escapar.

                                                                La ballena que espera


                        Fue la tercera carta escrita por Marcia. Su aliada, la entregó religiosamente, aguardando la posibilidad del retorno, esperando, viendo pasar las lluvias.


Tultitlán, México, 31 de julio de 1999.



[1] Publicado en el Boletín Cultural ENAH. Órgano informativo y cultural de la Escuela Nacional de Antropología e Historia. No. 14, marzo de 2003, Páginas 11-12.

lunes, 22 de julio de 2019

EXPERIENCIA DOCENTE EN LA ENSEÑANZA DE LA HISTORIA DEL SIGLO XX


III SEMINARIO DE PENSAMIENTO CRÍTICO, MEMORIA E HISTORIA.

Escuela Nacional de Antropología e Historia
Licenciatura en Historia

PIF: México Siglo XX. Cultura, Estado nacional, sociedad industrial mexicana e historia inmediata

VIERNES 1° DE JUNIO DE 2018


MESA REDONDA:
EXPERIENCIA DOCENTE EN LA ENSEÑANZA DE LA HISTORIA DEL SIGLO XX

Participan:

Dr. Arturo Luis Alonzo Padilla (Historia-ENAH)
Hist. Mtro. Jesús Melecio Alonso Illescas Cerda (Historia ENAH)
Hist. Gustavo Rosales Martínez (Historia-ENAH)
Hist. Silvia Verónica Vázquez Salas (Historia-ENAH)
Hist. Mauricio Yáñez Bernal (Historia-ENAH)

17:00 h
Sala de Consejos Margarita Nolasco



Ejes de la discusión para la mesa la experiencia docente en la enseñanza de la Historia del siglo XX.

Digresión o Introducción

·       La historia es la ciencia de la “sospecha” y, por ende, los historiadores también son vistos con recelo. La duda es su principal virtud.
·       Se ha equivocado de disciplina quien aspire a ser un hombre de dinero, prestigio o poder.
·       Los historiadores somos la entelequia humanista por excelencia.

1. Experiencia en la enseñanza de la Historia para Historia Universal siglo XX o de México siglo XX.
1.1 Dificultades en la impartición de contenidos.

·       Experiencia de 20 años impartiendo clases a nivel licenciatura en la ENAH.
·       La principal dificultad con la que me he enfrentado es que el grupo no “reclame” capacidad al profesor y que no se comprometa con la clase. Cuando el grupo es apático la materia se vuelve pesada y aburrida.

 
1.2 Métodos didácticos y estrategias de aprendizaje.

·       Parafraseando a Don Luis González y González (Difusión de la Historia, 1998), debemos formar historiadores filósofos, científicos o académicos y narradores o cronistas. Los historiadores filósofos son aquellos que rebuscan los por qué a través del pensamiento abstracto y en corrientes teóricas cuyas explicaciones son, en la mayoría de las veces, ininteligibles. Los historiadores científicos o académicos, son aquellos que aún hoy día se desviven por la recolección de materiales, una pesada crítica de fuentes, excesivas síntesis de datos y exposiciones lerdas de procesos económicos y sociales que escriben extensas monografías, aunque éstos gozan de buena salud, pues reciben premios y cátedras de renombre en las universidades, son poco digeribles por el gran público. Los cronistas son aquellos hombres y mujeres que se ocupan de los sucesos importantes independiente de su estirpe y se ufanan en hacer accesible al público dicho suceso.

·       Con el presupuesto anterior, nosotros hacemos que cada quien se ocupe de los temas de su mayor interés, así que la manera de trabajar es que cada alumno escoja qué temas desea abordar, ya sea en exposición colectiva o mediante un ensayo.
  
1.4 Retos por resolver.

·       El principal reto a resolver es cómo nos enfrentamos a las nuevas tecnologías y cómo aprovechamos su uso. Parece ser que la revolución tecnológica se nos adelantó.
·       En el salón de clase los alumnos están checando en la Internet los datos que el profesor va señalando.
·       Otra situación que debemos afrontar son los vacíos que se encuentran dentro del programa de estudios, por ejemplo, hace falta trabajar temas bajo el mirador de la historia comparada para mirar a un tiempo lo que pasa en diversas latitudes, o desde la premisa teórica de la historia marginal. Ésta última, la Historia Marginal es vista como esas historias de arrabal, en la que lo cotidiano es sustento y materia para su estudio, tales como poblaciones fluctuantes, niños, ancianos, migrantes, refugiados, desplazados, enfermos mentales, presos y un largo etcétera.
·       El tiempo actual, nuestro tiempo, es un momento en que la sociedad se encuentra con una moral devastada, enferma, en situación de crisis, con una mirada del fin de los tiempos, sin sosiego, en donde lo marginal, aunque sea ordinario, causa temor a la sociedad, por eso se excluye, no tiene cabida.
·        
 

2. En que forma se divide didácticamente la enseñanza y los periodos a estudiar.

·       Para su mejor comprensión, nosotros hacemos cortes sexenales.
·       Abordamos problemáticas tanto políticas como sociales y culturales, básicamente partimos desde el mirador de la historia social.
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3. ¿Cómo se vincula el aprendizaje con la formación del historiador y la reflexión ética de la disciplina?

·       El historiador debe ser un ejemplo vivo de trabajo, honradez y veracidad.
·       Como parte de nuestro compromiso social, nos responsabilizamos de abrir espacios para el diálogo entre diversos sectores de la sociedad.
·       Sin embargo, la disciplina no busca buenos o malos en la historia. No hacemos juicios de valor moral, ni nos detenemos a encasillar a los personajes por sus vicios o virtudes públicas o privadas.
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Presentación del Libro “PATIBULARIO (CUENTOS AL FINAL DEL TUNEL)”




Presentación del Libro
“PATIBULARIO (CUENTOS AL FINAL DEL TUNEL)”
 de Ulises Paniagua
Ciudad de México, Museo Mural Diego Rivera
8 de septiembre de 2011
mauricio yáñez


Conforme al decir de los clásicos, el cuento es la representación excelsa de la creación narrativa. En su breve espacio se construyen historias cuya trama queda asentada en la mente de los lectores. Y, sin duda, ésta es su mayor cualidad, la impregnación de lo contado de una vez y para siempre. El cuento es un flashazo, es una entrada inesperada, es el repentino goce de los sentidos. Es todo eso y más.

Los acuciosos creadores de estas breves ficciones, son una rara especie de narradores que huyen de los largos entresijos de las novelas. Artesanos que no dan cuenta de lo general, ni se pierden en laberínticas explicaciones superfluas, sino que atacan de forma decidida el detalle trascendental para la historia contada. Un creador de cuentos se deleita en la minuciosidad de sus ficciones y, como una constante, cubre los poros por los cuales se le pueda escapar el efecto buscado.

Las entrañas de un cuento se van mostrando sin recato para atrapar al lector, llevándolo al paroxismo en un final, la mayor de las veces inesperado e inteligente, que lo hace sonreír y releer la pieza. Los que somos asiduos lectores de cuentos, buscamos que la obra en cuestión no nos dé tiempo para la fuga, que nos atrape en un santiamén.

Por otra parte, los cuentos llamados fantásticos, muy al estilo de Borges o Cortázar, son esas piezas que buscan un más allá, es decir, su factura está sustentada en sucesos irreales, alucinados, que trastocan su propia vida en pro de una amalgama de situaciones particulares y únicas que, las más de las veces, se mueven en mundos disociados de nuestra pobre realidad, pero siempre conservando el suficiente grado de verosimilitud para la obra misma.

 
El libro PATIBULARIO (cuentos al final del túnel), de Ulises Paniagua, son historias narradas al filo de lo real imaginario. Lo mismo nos encontramos con una colmena humana cuya vida sufre una terrible metamorfosis en Relato de una coronación, o bien observamos el transitar, en mundos paralelos, a los protagonistas de Mi boda el día de o en Lluvia ácida. También, en este conjunto de pinceladas narrativas, Ulises Paniagua nos traslada a verdaderos desafíos sociales, no por ello menores en su concepción, ni lejanos de una grata lectura, en sus cuentos Un domingo en el estadio, El ejecutor y Con boleto al inframundo. El primero de éstos, Un domingo en el estadio, que se refiere a la violencia que ejercen las masas anónimas en un estadio de fútbol y cuyo sangriento final queda registrado en la mente de Púber, el protagonista; El ejecutor, que se convierte en ese “ojo que todo lo ve” y no transige ante la corrupción burocrática; y Con boleto al inframundo, en el cual se acusa del daño ecológico que se está ejerciendo sobre nuestro planeta.

Asimismo, dentro de este mundo bizarro en que se convierte PATIBULARIO, se nos presentan un par de obras de corte existencialista en Historia de la trágica y misteriosa desaparición de la señorita Poesía y en La vida me visita. En ambas obras nos encontramos con la búsqueda de una razón para la vida.

Estimo que PATIBULARIO (cuentos al final del túnel), tiene garantizada una saludable vida en el escenario de las letras, no me resta más que recomendar su lectura. Enhorabuena por este esfuerzo.

Muchas gracias.


jueves, 4 de mayo de 2017

Presentación del Libro “El Misterio de la Noche Polar”


Presentación del Libro “El Misterio de la Noche Polar” de César Guerrero (Editorial JUS, 2011)
Casa del Libro
Ciudad de México, 6 de octubre de 2011

mauricio yáñez




Acerca del autor

Conozco a César Guerrero desde hace seis o siete años, quizá más. Pero donde lo conocí realmente fue un viaje que, por motivos de trabajo, hicimos juntos a la ciudad de Monterrey, en febrero de 2006. Ya antes lo había visto rondando por los pasillos de la Secretaría de Educación Pública. Muy al principio sólo intercambiábamos un “Hola” y un “Hasta luego”, pero fue allá en Monterrey donde supe de su afición por el mundo de las letras, particularmente por la poesía y la novela.

Posteriormente, César me acercó un ejemplar de cada uno de los libros de poesía que ya para ese momento había publicado: Apuntes del subsuelo (2002; ediciones Urdimbre, 2005), Como el viento y el árbol (Tinta nueva, 2004) y En la pureza del azul (Ediciones Urdimbre, 2005). Por mi parte, le acerqué un par de fotocopias de cuentos míos publicados en boletines estudiantiles, casi nada.
 
Este hecho, conocerlo a través de sus libros, me llevaron a husmear por la intimidad de un hombre sensible, con una pasión e inspiración desbordantes y muy inteligente, mago de las letras.

A partir de esos momentos empezamos a tener una serie de encuentros cotidianos hasta lograr darle forma a un taller literario. Taller que sólo contaba con dos miembros: César y yo. Es decir, por medio de las inquietudes literarias de ambos, fraguamos un mundo que nos acercó en el terreno de la amistad. Me congratulo de contarme entre sus amigos.

Acerca del libro

El misterio de la Noche polar, es un libro de aventuras que bien podría inscribirse bajo lo mejor del sello de los libros de aventuras del siglo XIX, muy propio del estilo de Salgari o Stevenson. César Guerrero nos transporta a un pasaje de la vida del británico Arthur Conan Doyle. En ese momento de su biografía personal, Doyle está aún muy lejos de pensarse como el famoso creador, del todavía mucho más famoso, detective Sherlock Holmes.

Varios son los atributos de la obra de César Guerrero: Es una novela con un lenguaje sencillo y claro y, para quienes no estamos tan cerca de los asuntos marítimos, ayuda enormemente el glosario de términos navales que aparece en las páginas finales del mismo libro. La trama de la obra mantiene el interés del lector desde sus primeras páginas hasta las finales, en las cuales poco a poco se van desenredando cada uno de los misterios que dan cuerpo a la trama de esta obra. Los asiduos lectores de novelas de misterio e intriga agradecemos el esfuerzo del autor, por mantenernos en vilo durante toda la lectura. Las pistas que va dejando César Guerrero, son apenas unos guiños que el lector acucioso de este género de literatura sabrá reconocer. De ninguna manera se desentrañan las interrogantes antes del momento adecuado, César maneja con maestría los tiempos del relato y el momento en que debe aparecer cada una de las revelaciones.

Sin ninguna dificultad somos transportados a las gélidas aguas del casquete polar y, al dejarnos llevar en la misma lectura, viajamos al lado de esos hombres rudos, y supongo mal hablados, que forman la tripulación del Esperanza, el barco que acoge a Doyle como médico de a bordo. Imagínense a la tripulación del Esperanza, un sábado por la noche, bebiendo grog y cantando canciones de mar ¡una verdadera taberna sobre el mar ártico! Cesar Guerrero logra que nos adentremos en el imaginario propio de los hombres de mar. Los personajes de esta obra se nos presentan muy cercanos a nosotros, claro, con sus propias intimidades.

Otro de los grandes méritos de El misterio de la noche polar son los paisajes. Nos podemos imaginar las luminosas mañanas, características en esas zonas del mundo, nos deslumbran de tan brillantes; lo mismo, somos atrapados por la inmensa oscuridad de las noches polares, cuyo manto cubierto de estrellas sirve como escenario para atraer las más interesantes intrigas que dan cuerpo a las investigaciones del joven Conan Doyle. En algunos pasajes de la novela, incluso, nos vemos como un marino más ocupados en las amarras de las velas del Esperanza, o remando en una lancha ballenera al momento de la caza de algún cetáceo. Con sus letras, Guerrero nos lleva de la mano para sentir la helada brisa y adentrarnos en este mundo complejo y único. El salobre aroma de las aguas marinas, se respira en cada página de esta novela.

La literatura actual

Por otra parte, El misterio de la noche polar, nos trae vientos de frescura ante las temáticas que han colmado las letras nacionales en los últimos tiempos, en específico me refiero a las novelas con temas que sólo versan en asuntos de la droga y lo que alrededor de ésta se encuentra.

César Guerrero nos presenta una obra que, para fortuna de todos, regresa a lo mejor de la novela de aventuras con todos y cada uno de los atributos de ésta. Tenemos ante nosotros un libro que, espero, los jóvenes y los no tan jóvenes disfrutarán muchísimo, quizá tanto como lo he disfrutado yo mismo.

Estimo que El misterio de la Noche polar tendrá una larga y fructífera vida en el mundo de nuestras letras. No me resta más que agradecer a César Guerrero por este esfuerzo.

Muchas gracias.


miércoles, 21 de diciembre de 2016

Las elecciones


Las elecciones[1]
mauricio yáñez

Era un viernes de marzo en un año de elecciones. El Frente Democrático Nacional (FDN) y su candidato, Cuauhtémoc Cárdenas, parecían enfilarse a una victoria inminente en contra del candidato oficial. La rutina se había vuelto una compañera inseparable, me absorbía. Sin nada frente a mí, tomé el camino rumbo a mi departamento en el norte de la ciudad.

                        Tenía dos años divorciado, después de casi veinte viviendo en una situación que aún hoy, con el recuerdo, me sigue oprimiendo el ánimo.

                        El teléfono reclamó mi atención. Escuché una voz familiarmente lejana que contestó al, «bueno», que dije con fastidio. Yolanda Salinas llamaba desde el recuerdo. La evoqué como la conocí. De figura esbelta, morena, nariz afilada, cabello hasta la base del cuello que le tocaba ligeramente los hombros, con sus ojos oscuros y vivaces. Acordamos cenar juntos esa noche.

                        Nos habíamos conocido años atrás. Me había graduado de historiador e iniciaba mis labores en el Instituto de Antropología. Ella era secretaria de uno de los directores. Por razones de trabajo tuvimos que viajar juntos a la ciudad de Zacatecas. Al tercer día de estar allá salimos a recorrer la ciudad hablando del futuro. Ahora nos unía el pasado.

                        Llegué al restaurante convenido mucho antes que ella. Pedí una mesa apartada que me permitiera ver su arribo. Llegó justo al inicio de mi segundo ron. Se le veía bien, traía un nuevo acento en la voz. Se había marchado de la capital y ahora vivía en Tabasco con su familia. Tenía dos hijos y estaba casada con un funcionario del gobierno estatal. Recién bajó del avión, llamó a mi departamento, mencionó.

                        Platicamos y bebimos rones hasta que el lugar cerró y tuvimos que mudarnos a otro sitio donde reiniciamos la plática y los rones. La música impedía que nos escucháramos. Susurró en mi oído, «quiero bailar», con su nuevo acento, «yo no bailo, ya lo sabes», contesté. Se levantó y me condujo hasta la pista de baile. «No sé bailar», insistí, pero ahora sin soltarla de la cintura, «entonces bésame», contestó entre risas, feliz por el reencuentro que ella misma buscó y feliz por los rones que ya se había metido. Hacía calor en el antro y se antojaban más rones, «con mucho hielo», dijimos al mesero de "Los patos salvajes", lugar donde volví a sentir el talle de Yolanda Salinas, estrecho como siempre y ahora pegado a mi cuerpo.

                        Despertamos en una habitación del hotel Catedral en la calle de Donceles. Nos bañamos juntos y volvimos a hacer el amor. «Me desconozco», dije con cierto orgullo juvenil, a mis años esto se vuelve cada día más difícil. Ella rió, con una risa traviesa.

                        —Leí tu libro, lo descubrí en una librería —me dijo mientras desayunábamos en el restaurante del hotel. Yo tenía en mi plato huevos divorciados, ella sólo fruta—. Me parece que sufres mucho.

                        Hablaba de un libro de cuentos que se vendió escasamente y que yo mismo compraba de vez en cuando para regalarlo a los nuevos amigos.

                        —Ya no tanto —le contesté— desde anoche, claro.

                        —¿Sigues escribiendo?

                        —Sólo cuando no hago el amor —ella volvió a reír.

                        —Aparte de hacer el amor, ¿qué haces ahora?

                        —Espero.

                        —-¿Qué esperas?

                        —No sé.

                        Había venido a finiquitar la venta de un departamento que tenía aquí su marido por lo que estaría unos cuantos días en la ciudad. Su estancia en Tabasco, mencionó, iba para mucho tiempo, su esposo crecía políticamente.

                        Para ese sábado el FDN había convocado a un mitin en el Zócalo. Yolanda quiso que fuéramos, «muchos paisanos apoyan al ingeniero Cárdenas», dijo, mientras vitoreaba al candidato a la presidencia de la República. Me llamó la atención que llamara paisanos a los tabasqueños, su arraigo había ocurrido demasiado pronto, hecho que me incomodó.
 
                        No quiso mudarse del hotel Catedral a pesar de que traía una reservación, pagada por adelantado, para un hotel en el Paseo de la Reforma. Nos fuimos para Coyoacán.

                        En la cantina, la Salinas, haciendo uso de su acento tabasqueño, pidió chapulines, sopa de médula y cerveza, «mucha cerveza», le dijo al mesero. Andaba de juerga. Más tarde comentó: «cuando regrese a Villahermosa tengo que volver a ser la esposa del señor secretario porque, ¿sabes?, no soy yo, soy la señora del señor secretario». Reconocí la misma mirada de fastidio que muchas mañanas descubriera en mis propios ojos.

                        Salimos a caminar y, en congruencia con su liberación, quiso que nos tomaran una foto sentados en la fuente del jardín, donde están los coyotes. Compró artesanías y una muda de ropa para mí.

                        Oscurecía en el centro cuando regresamos. Pasamos al hotel a dejar las compras. Cualquiera que nos hubiera visto diría que éramos un feliz matrimonio en su segunda luna de miel.

                        —Hazme el amor.

                        —Me estás explotando.

                        —Seguro que sí cabrón —y se montó sobre mí.

                        La ciudad y la noche nos llamaron insistentemente y hacia allá nos dejamos llevar.

                        —¿Te volverías a casar?

                        —No con la misma.

                        —¿Tan mal te fue? —preguntó con ese acento que la alejaba de mí.

                        Esa noche fue más profunda y con más rones de los que podíamos resistir, hicimos lo que pudimos por el pasado, le lloramos incluso.

                        A la mañana siguiente me empeñé en que se hospedara en el hotel que traía reservado desde Tabasco. En la recepción de esta nueva morada transitoria, nos despedimos con mutuo agradecimiento y sin promesas. En las elecciones para presidente de la República el fraude electoral se consumó y le dieron el triunfo al candidato del partido oficial.

                        Seis años después, me entusiasmé al enterarme que Cuauhtémoc Cárdenas volvería a competir en las elecciones presidenciales. Con un ron en la mano, esperé la conjunción del hechizo. Esta vez no hubo repiqueteo en el teléfono de mi departamento. Yolanda Salinas no estuvo aquí, con su acento tabasqueño, para apoyarlo.


Tultitlán, México, 7 de agosto de 1999.





[1] Publicado en la Revista Opción del ITAM. Año XXVII, No. 145. Octubre de 2007. Págs. 22-24.

Presentación del libro: La historiografía política mexicana al diván del análisis: 1970-2000

Novenas Jornadas de Historia en la ENAH (17 al 21 de octubre de 2016)
Presentación del libro:
La historiografía política mexicana al diván del análisis: 1970-2000.
Crítica del enfoque revisionista.
Claudio de Jesús Vadillo López.
México. Ediciones Navarra. 2016. Pp. 303.



La obra de Claudio Vadillo La historiografía política mexicana al diván del análisis: 1970-2000. Crítica del enfoque revisionista, llega en un momento importante para la historiografía mexicana, y digo que llega en un momento por demás oportuno porque, como lo señala el propio autor, el Estado nación monopartidista está cambando y ahora se nota una incipiente alternancia, que de suyo requerirá de otras interpretaciones históricas.

Tenemos a una sociedad más participativa, cuyos encuentros en la plaza pública también requieren de su propio foco de atención. Así que para los historiadores, se abren nuevas y ricas vetas de análisis e interpretación.

Resulta fundamental mirar la historia de la historia con nuevos derroteros historiográficos que den cuenta del pasado más reciente, dejando de lado la mirada inmediatista del reportaje o la crónica. La historia, con su propio método, tiene que dar cuenta de los acontecimientos del pasado más cercano. Para esta tarea, es necesario volver los ojos y mirar, como ya lo ha hecho Claudio Vadillo para el caso de la historiografía política mexicana, desde el ejercicio de la observación del observador. Tenemos un discurso o discursos construidos desde diferentes niveles de apropiación de la “realidad” nacional, pero con líneas de reflexión que los puede ubicar en corrientes teóricas perfectamente diferenciadas.

Diez años antes, Claudio Vadillo ya nos había regalado una muestra de lo que sería este libro. Hace una década, su obra La producción de historiografía política en México. Crítica del enfoque revisionista (Sociedad Campechana de Historiadores, 2006), fue el arranque del trabajo que ahora nos presenta y que vuelve a él con mayores elementos y nuevos bríos. Así que estamos frente a un nuevo momento en la producción analítica y creativa del doctor Vadillo.

Este libro en mención, ha sido base para la formación de más de un centenar de historiados egresados de la ENAH, que han sido participes de innumerables discusiones, tanto en clase como fuera de ella, sobre los aspectos relevantes de la clasificación historiográfica propuesta por el autor; obra, que bien, la podríamos catalogar como un manual de historiografía.

En una época reciente me tocó ser profesor de la materia de “Historiografía Contemporánea de México” en esta misma escuela y, con ese presupuesto, sin lugar para la duda puedo señalar que el recorrido que hace Claudio Vadillo por la historiografía política nacional, escrita en los años de 1970 al año 2000, es rico en aportes metodológicos y didácticos tanto para profesores, como para alumnos. Sin que sea un examen exhaustivo, porque no es mi intención, señalaré algunos de éstos atributos académicos:

En la misma introducción, Claudio Vadillo señala: “Emprendo aquí una observación de observaciones, que es procedimiento para historizar la producción historiográfica, para analizar el fenómeno historiográfico situado en el periodo 1970-2000 […] El análisis de este libro parte de que la historiografía contemporánea, tiene la necesidad de observar al observador” (pág. 24).

Este sólo apunte permite al lector (profesor o alumno) comprender que se encuentra frente a una obra en la que el autor ha hecho un ejercicio de desmenuzamiento de los trabajos históricos abordados. Sabemos que fueron 52 textos utilizados.

De la mano nos va llevando por el camino que nos acerca a conocer las condiciones sociales, materiales e intelectuales de la época, así que en el capítulo uno, aclara que:
 
“Fue en este escenario cultural de irrupción generalizada de interpretaciones críticas de la sociedad mexicana, de enfoques multidisciplinarios, de la experiencia de la contracultura, que convergieron, por un lado, la búsqueda intelectual de explicaciones políticas, sociológicas, filosóficas, históricas acerca del comportamiento del Estado mexicano […] Por el otro lado, el intento gubernamental de conciliar con la intelectualidad reprimida en 1968… Fue un escenario social y cultural en el que desde el gobierno se propició la producción de investigación en ciencias sociales, particularmente en historiografía, en las instituciones de investigación tradicionales” (págs. 58-59).

Para los años 70 y 80 del siglo pasado, en el Capítulo segundo, dice Vadillo que: “En el Instituto de investigaciones Sociales [UNAM] y en la Dirección de Estudios Históricos del INAH, se abrieron espacios para emplear nuevas metodologías, para asumir la multidisciplinariedad en el quehacer historiográfico y abordar temas contemporáneos y actuales con una mirada historiográfica novedosa, lo que fue propiciado tanto por la mirada crítica de sus cuerpos académicos, por la juventud de sus equipos de investigación y por el peso de la formación que muchos de sus investigadores adquirieron en el extranjero” (pág. 111).

Ahora bien, una vez conocido las condicionantes materiales de este particular momento en que se estaba escribiendo la historia del Estado mexicano surgido de las cenizas de la Revolución Mexicana de 1910, en el Capítulo tres que lleva por título Fuentes, preguntas e hipótesis, con una verdad de Perogrullo, pero igual de contundente, esta obra señala: “Hay quien cree que la materia de trabajo del historiador se limita al rescate, recopilación y difusión de documentos antiguos, de los vestigios escritos del pasado que encontramos en los archivos y en diferentes reservorios de información documental […] Para los fines de nuestra investigación, dice Vadillo, no nos conformamos con esta primera observación, que no es menor, pero lo que interesa abordar ahora es el asunto de la historiografía como ciencia que construye conocimiento del pasado, que no se limita a repetirlo y constatarlo, sino que interroga a los documentos desde el presente, que hace preguntas e hipótesis acerca del pasado para interpretarlo en su historicidad, buscando entender el devenir del momento actual” (págs. 114-123).

Así llegamos hasta el apartado que soporta la obra, dado que ocupa más de la mitad de este trabajo y en el que se explican de una manera sencilla, casi para legos, las distintas corrientes teóricas con las que se escribieron las obras de historia que fueron seleccionadas por Vadillo para la construcción de esta historiografía, y que permiten al lector (profesor o alumno) pasear por la historiografía política mexicana de 1970 a 2000 con su propio Cicerone que lo va guiando para que no se pierda en la mar de la multiplicidad de páginas escritas; esta sección, el capítulo cuatro, que lleva por título Argumentación, autores y corrientes de interpretación, nos inunda con datos, reseñas y análisis de las diversas obras trabajadas, así como con breves biografías de los autores reseñados.

El tema de las argumentaciones o modelos explicativos que se abordan en la obra de Claudio Vadillo, daría material para una amplia discusión, discusión que podría llevarse en otro espacio, por lo que no me detendré y me enfocaré a señalar que cada una de estas corrientes filosóficas tiene sus propios adeptos y detractores, dentro de los campos académicos de México.

Vadillo señala que: “Ante el panorama de los tipos de argumentación es importante hacer dos reflexiones: en primer lugar, que son cuatro modelos explicativos [pragmático-positivista, marxista, historicista y Escuela de Annales] los que están en el corpus creativo de la historiografía mexicana desde los años treinta, desde que se inició la profesionalización de la investigación histórica; en segundo lugar, que a pesar de la coexistencia de éstos modelos de explicación, desde los años cuarenta y hasta los setenta se observó al predominio y hegemonía de la interpretación pragmática-positivista, al grado de ser una ‘idea común´ de que era este enfoque y su argumentación los que correspondían ´naturalmente´ al discurso historiográfico” (págs. 289-290).

El recorrido que Claudio Vadillo nos propone en esta obra data hasta el año 2000, camino que sirve para abrir el interés de escribir trabajos que den cuenta de los nuevos modelos explicativos de historias recién publicadas.

En las páginas finales, se comenta, casi al paso, sin detenerse mucho en ello, de “otras argumentaciones” que aparecieron en la década de los 90 y posterior, tales como historia de las mentalidades, e historia cultural; seguramente, también hace falta aquella teoría que explique los nuevos trabajos que se hacen desde la historia marginal, aquella historia o historiografía que se ha ido construyendo con los hombres y las mujeres “sin voz”, con los actores invisibles, pero siempre presentes, en los ritmos y vaivenes de los procesos históricos.

Para finalizar, como docente de la ENAH, en la materia de Historiografía Contemporánea de México, celebro la publicación de obras como la Historiografía Política Mexicana del Doctor Claudio Vadillo, por la claridad y riqueza de conceptos, y por hacer asequible el complejo y, a veces minado, terreno de la historiografía nacional.

Muchas felicidades y muchas Gracias!!!