viernes, 29 de septiembre de 2023

LECTURA DRAMATIZADA DE ELOGIO A LA OSCURIDAD


Lectura Dramatizada de la novela Elogio a la oscuridad en el Centro Cultural José Emilio Pacheco de Tlalnepantla. 28 de septiembre de 2023

ELOGIO A LA OSCURIDAD

Mauricio Yáñez

 

El cuerpo de Benjamín Jurado se balanceaba en el aire, se había colgado con una soga amarrada al cuello. Quedó suspendido, en espera del fin de los tiempos, como fruto prohibido del árbol del bien y del mal de un paraíso apócrifo. En los jardines que rodean la residencia, yacía sin vida quien fuera una de las personas de mayor confianza del poeta Horacio San Martín.

            Becarios y trabajadores de la residencia lo mirábamos atónitos, hipnotizados, fijos en el detalle del instante eterno. Nuestras miradas se concentraban en ese único punto de un escenario macabro, expectantes de ese mudo monólogo de la muerte. El aire se llenó con un intenso aroma de eucaliptos y encinos. Fragantes rastros de la vida en aquella finca.

            El rostro estaba hinchado por la asfixia, presentaba una tonalidad gris, casi azul. La lengua se dejaba entrever en esa boca sin vida, y sus ojos seguían abiertos, sin ningún matiz, sólo abiertos, ajenos a cuanto había a su alrededor.

            Lejos había quedado el rostro de Benjamín Jurado que me tocó ver en el pasado cercano, adusto, casi sombrío, consciente de su oscuro papel en la segunda línea. Volví a ver a Jurado la noche en que su cuerpo pendía de una soga, en los confines de un lejano municipio del estado de México.

            No obstante, de ser mi oficio escritor de novela negra, por ende, acostumbrado a tópicos de sangre, estaba impresionado con ese cuerpo que nos miraba desde su más allá.

                Desde otra parte de la residencia provenía el sonido de ladridos de unos perros, se les escuchaba llenos de ansiedad. Era una noche fría la que Jurado escogiera para morir. Soplaba una menuda brisa intermitente, a manera de golpe de mar, que alcanzaba para darle calidad de péndulo humano al cuerpo del infortunado Benjamín. Llamó mi atención que, pese a que esa tarde cayó una fuerte lluvia, el occiso no llevara zapatos y sus pies apenas presentaran unas manchas de lodo en los talones. Algunos de los allí presentes descolgamos el cadáver.

            El poeta Xavier Robles, se notaba afectado, tenía la mirada extraviada y el habla entrecortada, tomó mi brazo y entre murmullos alcanzó a decirme:

            ―Apenas ayer hablé con él ―al tiempo de dirigir la mi rada al cuerpo sin vida de Benjamín―. Estaba muy abatido por la muerte de San Martín ―Xavier Robles llevaba dos semanas en la residencia―. Benjamín ya no se sentía satisfecho aquí. En los días pasados me dijo que estaba buscando otras opciones. ¡Cuánta soledad, carajo! ―enfatizó Robles. Metió sus manos en los bolsillos de su chamarra y volvió a mirar el cadáver.

            ―Xavier, ¿tú crees que esa insatisfacción que padecía Benjamín, de la que hablas, podría impulsarlo a suicidarse?

            ―No lo sé, a me pareció que no estaba conforme con su situación aquí en la finca.

            ―Ya sabes lo que dicen los sicólogos, un suicida, casi siempre anuncia sus planes a las personas que están cerca de él. Quizá lo que te dijo de eso se trataba, ¿no crees?

            ―Si fue el caso, no supe interpretarlo ni prestarle ayuda ―el poeta se mesó el cabello y ajustó sus gafas.

            A lo lejos, se escuchó el silbato de un tren de carga que pasaba cerca de los dominios de aquella casona. En la residencia, bien se podía medir la marcha del tiempo con el paso de los trenes que llegaban a la estación de Irolo, muy cercana al poblado de Xala.

            «¡Llamen a la policía!», escuché decir detrás de mí, sin identificar al dueño de la   voz que a gritos pedía que llamasen a la policía.

            El maestro Aníbal Sánchez tomó control de la situación. Su rostro se veía atravesado por la irritación que provoca la impotencia. A la muerte del maestro San Martín, Aníbal Sánchez, poeta y ensayista, además de gran amigo del fallecido autor, era quien hacía funcionar la logística de la residencia.

            ―¿Por qué a la policía? ―dijo sin levantar la voz, pese a su propio nerviosismo―. No, llamaremos al Dr. Castillo para que nos extienda el certificado de defunción correspondiente y, ya mañana, haremos los servicios fúnebres y le daremos sepultura.

            Aníbal Sánchez caminó unos pasos y se acercó a la señora Isabel Lagunes, la viuda de Horacio San Martín, quien permanecía un poco alejada del corrillo e hipaba, lloraba quedito. Tenía los brazos cruzados en el pecho, como si quisiera atrapar un resquicio de calor y mantenerlo para sí. Seis meses atrás perdió a su marido. Uno de esos infartos al corazón, en ese caso fulminante, acabó con la vida del poeta. El mundo literario se conmocionó. En aquel momento se presentaba esa situación, una de las personas más cercanas a San Martín se quitaba la vida, quizá no pudo con el peso de la ausencia y prefirió salir, así sin más.

            ―Por favor, que alguien vaya a calmar a los perros ―solicitó Isabel Lagunes―. Benjamín quería mucho a los perros, sobre todo al Spanky.

            Mientras tanto, el poeta Aníbal Sánchez, solicitó el apoyo de los que allí estábamos para trasladar el cuerpo de Benjamín al dormitorio que ocupara el occiso.

            El doctor Ángel Reverendo Castillo, examinó el cadáver de Benjamín Jurado. El cadáver estaba sobre su propia cama, parecía dormido, y con los ojos ya cerrados.

            El facultativo tardó tiempo en revisar y en hacer algunas pruebas a los restos mortales de Jurado, algo encontrado en el occiso le preocupaba. Cuando concluyó de examinar el cuerpo, se quitó los guantes de látex y se desprendió del tapabocas. Por fin habló, se dirigió sólo a Aníbal Sánchez.

            ―Lo siento maestro ―hablaba con deferencia al poeta―, creo que tendrá que llamar a la policía. No obstante, de no ser un perito, noto algunos signos que me llevan a pensar que Benjamín ya estaba muerto cuando lo amarraron a ese árbol.

            La conclusión del médico dejó sin habla tanto a la dueña de la residencia como al administrador de la misma. Cuando el galeno vio el desconcierto en el rostro de ambos interlocutores fue más enfático.

            ―Es decir, no puedo extender un certificado de defunción, lo que estoy diciendo es que esto no es un suicidio ―señaló con la mirada el cuerpo del difunto―. ¡Aquí se produjo un crimen!


            Llegó una patrulla del municipio de Otumba. Eran sólo cuatro elementos comandados por el detective de homicidios Marcelo Nery, los tres oficiales    eran Tadeo, José Trinidad y José Inés, estos últimos hermanos.

            Marcelo Nery llegó a la residencia sin estridencias ni relumbres innecesarios. Al revisar el cadáver, Nery Rangel consideró indispensable la presencia de un equipo técnico del servicio forense, por lo que hizo un par de llamadas.

            Esa misma noche, se llevaron a cabo los primeros interrogatorios. Me llamaron, tomé una taza con café y caminé rumbo a la sala. Nunca había estado tan cerca de una experiencia real como lo estaba en ese momento. Podía sentirme afortunado de presenciar un interrogatorio efectivo, pero no podía soslayar el hecho de que el interrogado, en esa ocasión, sería yo.

            ―Siéntese ―dijo Nery sin ninguna emoción en la voz―. Diga su nombre, ocupación y qué hace usted aquí.

            Miré al detective, pude notar en su mirada un cansancio añejo, ojos de un color marrón sucio. Vestía de paisano, con una chamarra de piel ya gastada por el uso. Pensé que tenía poco más de cuarenta años, delgado, moreno, de manos fuertes y dedos largos, la barba de dos o tres días sin afeitar, con el pelo todavía negro y un poco crecido, le llegaba a la base del cuello.

            ―Soy Fernando Beltrán, novelista y estoy aquí porque fui beneficiado con una beca para escribir una novela.

            ―¿Dónde estaba usted cuando descubrieron el cadáver? ―el rostro del policía no delataba sus pensamientos.

            ―Aquí, en el salón del otro lado, en la reunión de introducción para los nuevos becarios. Llevaba apenas unas horas de haber llegado a la residencia.

            El interrogatorio transcurría en el mismo tono como yo lo plasmaba en mis novelas. ¡Qué sensación!

            ―¿Conocía al señor Jurado?

            ―De trato, no. lo había visto un par de veces en eventos literarios, siempre con el maestro Horacio San Martín, pero nunca crucé palabra con él.

            Cuando escribí mi primera novela policíaca, pedí el apoyo de una unidad de homicidios en la Ciudad de México. Se me permitió estar cerca de ellos un par de noches, sólo para que pudiera percibir la rudeza de ese trabajo. Una de las cosas que mejor aprendí fue que, en un interrogatorio, nunca debes contestar lo que no te preguntan, en otras palabras: concrétate a ser directo y breve en tus respuestas. Nunca sabes si una palabra de más pueda ser perjudicial para ti mismo.

            ―¿Conoce usted a las otras personas que están aquí, en  la finca? ─seguía el detective Nery en su tono impersonal.

            ―Bueno…, a varios de ellos sí, me refiero a las escritoras y escritores. Al personal que labora aquí no lo conozco con excepción del maestro Aníbal Sánchez y la señora Isabel Lagunes, la viuda del poeta San Martín.

            Mientras estuve en el interrogatorio no fumé, tenía un ligero temblor en las manos y no quise que el detective lo notara, podría mal interpretar ese nerviosismo. Uno de los oficiales vino a decirle que había llegado el equipo del servicio forense y el Ministerio Público para hacer el parte oficial, que requerían su presencia en la habitación de Jurado.

            ―Gracias por su cooperación señor, eh... Beltrán ―tuvo que apoyarse de sus notas porque no recordó mi nombre―.  Más tarde le llamo para continuar nuestra charla ―se dirigió hacia mí, pero ya iba de salida del salón. No esperó mi respuesta.

             La mañana de ese lunes nos encontró en la sala de la residencia. Debido a la espera, el tiempo se nos hizo eterno. Nadie quiso regresar a su habitación, había una sensación de nervio colectivo. Algunos salimos al patio para recibir el aire fresco del amanecer, el sol apenas se dejaba ver en el oriente, por detrás de los cerros. En el cielo las nubes presagiaban lluvia vespertina.

            El día moría poco a poco. Salí a caminar, la lluvia se dejaba sentir en el exterior de la residencia. Un sentimiento de inquietud atenazaba mi ánimo. Por extraño que pareciera, el detective de homicidios me había puesto en el primer lugar de su lista de sospechosos, debido a una reacción instintiva, espontánea y casi de supervivencia «qué estupidez», pensé. Si Benjamín hubiera estado vivo en el momento que llegamos a él, no descolgarlo hubiera sido condenarlo a la muerte; ese titubeo, no lo quería en mi morral de vida; así que, estaba satisfecho con mi proceder y el de la mayoría de mis colegas. De momento, y pese a mi propia turbación, podía sortear la amenaza del policía. Era inocente de cualquier imputación que se quisiera poner en mi contra.

            Los incipientes indicios parecían indicar que, la muerte de Benjamín, se trataba de un asesinato y no de un suicidio. Era claro que una presencia maligna y desequilibrada estaba en la residencia provocando miedo, y lo estaba logrando. ¿Qué motivaba su proceder o razones para actuar como lo había hecho? ¿Por qué Benjamín resultó ser una víctima a modo para zanjar sus necesidades? ¿Quién estaba detrás de estos acontecimientos? «Menuda tarea le espera al detective Marcelo Nery», pensé, y volví a la finca.

            La sala Rosario Castellanos era confortable, espaciosa, con muy buena ventilación. Había un mural con motivos selváticos e indígenas, a manera de homenaje a la creadora de obras como Balún Canán y Oficio de tinieblas.

            A la hora indicada para el inicio de la reunión nos percatamos que el maestro Aníbal Sánchez y la señora Isabel Lagunes no estaban en el lugar, tampoco estaban dos becarios, una era la poeta Emilia Alanís y otro el dramaturgo Óscar de Paula. Sánchez y Lagunes se incorporaron enseguida.

            Tocó mi turno y lo aproveché para exponer el proyecto que me había posibilitado estar en la residencia. Hablé de los avances de mi novela y de las características generales del personaje central, así como de la información a la que había tenido acceso. Este fue el resumen inicial que presenté:

 

Martha Lilia Sanginés Cadena, oriunda de la Ciudad de México, nació en el mes de septiembre de 1860, año en que el presidente Benito Juárez publicó, en la ciudad de Guanajuato, las llamadas Leyes de Reforma.  Sanginés Cadena fue hija de un reconocido médico de la capital del país, el doctor Juan de Dios Sanginés y Bravo y de doña María del Rosario Cadena Olivo, ambos de buenas familias. Lo convulso de la situación en el país en esa época trajo consigo desorden en distintos departamentos de la vida pública, tan es así que los índices de criminalidad van creciendo día con día que, ni con el establecimiento del ejército imperial (1863-1867), los robos y crímenes en la ciudad disminuyen.

Para esos años, la Ciudad de México, era una mar de fetidez, las tardes permeadas de los nauseabundos olores de los ríos que la circundaban provocaban que los habitantes anduvieran con la nariz constipada. Los enjambres de mosquitos que llegaban desde las zonas templadas de las regiones del sur de México, todo el tiempo tenían a los niños llenos de salpullido e infecciones en la piel. Las calles se abarrotaban de borrachines que las ocupaban tanto de sanitarios como de dormitorios. Martha Lilia vivió sus primeros años dentro de ese bullicio, suciedad y desorden, pero bajo el cobijo del seno familiar que le procuraba abrigo y tranquilidad.

En medio de las continuas asonadas y revueltas, una noche de octubre de 1867 fue asesinado el doctor Sanginés y Bravo.

De un día para otro, la señora Rosario Cadena Olivo se encuentra con su marido muerto y sin el apoyo de su familia quien había perdido todos sus bienes debido a las revueltas, tanto en la capital como en las provincias. Mujer de veinticinco años, acostumbrada a las maneras de la buena crianza, decide buscar partido entre sus antiguos pretendientes que le hacían la ronda, incluso en vida del doctor Juan de Dios Sanginés.

Los tiempos políticos y económicos no eran los mejores para una mujer sola con una hija de siete años que, si bien ya era viuda, sus mejores gracias ya habían quedado atrás. Los apoyos recibidos eran a cambio de los restos de su juventud, nadie le ofreció emprender una nueva vida en matrimonio y tuvo que conformarse con dádivas ocasionales.

En su caída arrastró a Martha Lilia, su única hija, cuya niñez terminó el día que la madre la ofreció a cambio del pago de varios meses de renta por la casa que rentaban en los rumbos del poblado de Santa María la Ribera que recién iniciaba por esos años.

En 1875 casi con quince años de edad y después de varias experiencias traumáticas, Martha Lilia se casa con Pedro Valdivia, hijo de un próspero tablajero de los mismos rumbos donde vivían las mujeres. Para ese momento de su vida, ya no había lozanía en aquella piel adolescente, incluso la cara interna de su muslo derecho presentaba las marcas de las quemaduras de cigarro que uno de sus amantes le infringió a manera de diversión. Sanginés no amaba al marido, pero era la única manera de escapar de su madre.

Dos años habían pasado, la unión de los jóvenes iba más o menos bien hasta el día que un médico les anunció que no podrían ser padres dado que en una de las experiencias sexuales que en su infancia tuvo la mujer, le habían perforado el útero y se lo habían dañado.

Ese día cambió la vida de Sanginés Cadena, porque Pedro, su marido, empezó a beber de una manera desordenada. Intoxicado le exige que le cuente hasta el más mínimo detalle de sus experiencias con otros hombres. Martha Lilia se niega a revivir cada uno de esos momentos que ya había enterrado en lo más oscuro de su pasado, Valdivia golpea a la joven, incluso le causa heridas graves. Con cada borrachera una nueva golpiza, así transcurren los meses hasta que se agota la resistencia de la mujer, el poco amor y respeto que sentía por su marido se los llevó el humo del alcohol.

En octubre de 1877, cansada del maltrato y los abusos en su contra, con diecisiete años de vida, Martha Lilia Sanginés Cadena asesina a Pedro Valdivia. Esa noche, su marido llegó borracho, empezó con la retahíla de insultos hasta el hartazgo, con ese sonsonete estuvo hasta quedarse dormido, momento que la joven aprovechó para cometer el homicidio. Se durmió sentado frente a la mesa del exiguo comedor. Sin medir el riesgo ni las consecuencias, Martha Lilia tomó una de sus raídas medias, la enredó en el cuello del esposo y apretó, apretó hasta que las manos le dolieron, no supo el momento en que Valdivia perdió la vida. En la madrugada, esperó el paso del sereno, con dificultad sacó de su casa el cuerpo del difunto y lo arrastró hasta alejarlo una distancia considerable de su propia vivienda. Al pie de un árbol dejó el cadáver y regresó a su domicilio. Pese al frío de la noche, Martha Lilia llegó a la vivienda bañada en sudor, estaba hecho. «Que Dios se apiade de su alma», dijo y se fue a dormir.

La mañana siguiente, cuando la policía tocó la puerta de su casa para anunciarle del hallazgo del cuerpo sin vida de su marido, Martha Lilia se volvió un mar de lágrimas, los agentes le dieron el pésame y le indicaron que podía pasar a recoger el cuerpo en la morgue de la ciudad. Con todo, y pese al trauma, experimentó un sentimiento de liberación.

 

            ―Por favor Fernando, podríamos continuar con su relato en otra sesión ―me interrumpió la viuda de San Martín―. En este preciso momento no me encuentro con el mejor ánimo para seguir la narración. Pero asumo que su novela será de lo más interesante. Agradezco su comprensión.

            La mañana del miércoles tres de septiembre tuvo su propia sorpresa. La mayoría de los becarios desayunábamos cuando por el pasillo central vimos el regreso a la residencia de la poeta Emilia Alanís y el dramaturgo Óscar de Paula, ambos eran escoltados por la policía municipal. Se les miraba un rostro demacrado. Posteriormente supimos que, la noche previa, ambos habían sido requeridos por la policía e interrogados por Marcelo Nery, en la comandancia de Otumba.

            A Óscar de Paula lo encontraron en un restaurante del centro de la capital departiendo alegremente con gente de teatro. Enorme fue su sorpresa cuando lo subieron al auto patrulla y se percató que Emilia Alanís estaba abordo, ésta lo abrazó con emoción. Alanís le comentó al dramaturgo que fueron a su casa por ella, que no valieron las súplicas ni de ella ni de su esposo. Según la policía tenía que regresar a la residencia y aclarar su huida, le dijo.

            ―¿Cuál huida? ―preguntó De Paula.

            ―No sé, pero eso fue lo que me dijeron.

            El detective Marcelo Nery estuvo conversando con ellos, cada uno por separado. Les explicó las circunstancias del caso, en un tono amable pero que no admitía un “no” por respuesta, les exigió regresar a la residencia esa misma noche.

            Yo me aparté del grupo y dirigí mis pasos rumbo a la biblioteca José Revueltas para preparar mi siguiente intervención, si es que había una nueva reunión general de exposiciones. En ese momento, y en honor a la verdad, el caso de Martha Lilia Sanginés Cadena, La Dama de Seda, ocupaba todo mi tiempo. La pesada loza de saberse vigilado por un par de oficiales de la policía sí era una molestia, pero con el mejor de los ánimos lo dejamos pasar.

            La bibliotecaria era una mujer inteligente y culta, dispuesta a prestar el mejor servicio a los usuarios: la joven señora Cecilia Romo.  Me presenté con ella.

            ―Lo que se le ofrezca, maestro Beltrán ―dijo muy comedida la señora Romo―. También puede hacer aquí las impresiones que necesite.

            La tranquilidad del ambiente en la biblioteca me envolvió. Me acomodé en una de las mesas de trabajo, coloqué mi computadora portátil y me dediqué a trabajar apuntes para la novela que estaba preparando.

            Pasaron un par de horas y la única interrupción en mi labor era cuando tenía que rellenar mi taza de café. No sentí cuando Cecilia Romo llegó hasta mi lugar, permaneció unos minutos en silencio y esperó que volteara, pero no sucedió, de manera que tuvo que llamar mi atención con un ligero toque en mi hombro.

            ―Maestro Beltrán, perdón que lo interrumpa, lo llaman para una nueva reunión con la policía ―lo dijo sin alarma, pero en tono imperativo―. Los demás ya están en la sala Castellanos.

            ―Cecilia, ¿puedo dejarte mi USB para que me hagas una impresión? De la página veintisiete en adelante. Gracias.

            Llegué cuando Marcelo Nery informaba sobre algunos de los resultados de laboratorio. Se confirmaba el homicidio de Benjamín Jurado y por consiguiente la investigación en la residencia continuaría.

            ―Como lo que voy a preguntar involucra a más de uno de ustedes haré la pregunta al aire: ¿Quién ordenó que alterarán la escena de un crimen y descolgaran el cuerpo del señor Jurado? ―pese a que él mismo lo dijo, la pregunta la hizo para todos, pero su mirada estaba puesta sobre mí.

            Nadie hizo o dio a entender que tenía intenciones de contestar.

            ―¿Se entendió la pregunta? ―la mayoría asentimos con un movimiento de cabeza―. Por favor, me gustaría conocer sus comentarios al respecto.

            La novelista Karla Silva tomó la palabra.

            ―Tratábamos de ayudar a Benjamín ―fue la misma respuesta que yo había dado cuando me lo preguntó directamente.

            ―No fue lo que pregunté sino ¿quién dio la orden?

            ―Nadie, fue una reacción espontánea ―era Lorena Aboytes, la guionista de cine, quien intervenía―. Todos estábamos muy nerviosos y lo único que se nos ocurrió en ese momento fue ayudar a Benjamín. No sabíamos que ya estaba muerto. Lo supimos cuando descolgamos el cuerpo.

            La poeta Emilia Alanís rompió en llanto. La habían sacado de la cama para la reunión, estaba agripada por el frío y la humedad de la noche en vela, sus nervios no resistieron. Óscar de Paula la abrazó con afecto.

            Marcelo Nery nos informó que, con la finalidad de recabar nuevas pistas, un grupo de técnicos forenses harían una inspección en la residencia.


            Tocaron en la puerta de mi habitación, abrí y me percaté que procedía la revisión de mi dormitorio. Una mujer policía haría el registro.

            Llegó al closet y bajó prenda a prenda, camisas, pantalones, suéteres, y dos chamarras. Buscó también en mi maleta de viaje, vi que algo extrajo de la maleta. Eran unas medias.

            ―¿Son suyas? ―preguntó.

            ―No ―respondí.

            Mediante un aparato de intercomunicación llamó al detective Marcelo Nery quien casi al instante llegó hasta la habitación. El detective de homicidios se colocó en las manos unos guantes de cirujano y examinó la prenda. Terminada la revisión, volteó hacia su colega, la mujer ya tenía preparada una bolsa de plástico que servía para aislar de posible contaminación las pruebas que localizaran.

            ―Sí, podrían ser el arma homicida con la que asesinaron al señor Jurado.

            ¿Con unas medias mataron a Benjamín? No podía creerlo. Y luego, ¿qué hacían en mi dormitorio?

            Al tiempo de quitarse los guantes de las manos y guardarlos en la bolsa de su chamarra, Nery volteó hacía el quicio de la puerta donde yo permanecía de pie y, aguzando su penetrante mirada de sabueso, dijo:

            ―Ahora sí, señor escritor, usted tiene mucho que explicarnos.

            La voz del detective llevaba una acusación implícita acerca de una probable responsabilidad mía en el asesinato de Benjamín. No pudo disimular, ni siquiera lo intentó, un acento de satisfacción en sus palabras.


            Pasé una noche de locos, en la sala Rodolfo Usigli el detective Marcelo Nery y otros dos policías me interrogaron por tres o cuatro horas. Me acosaron con preguntas: ¿Qué cuáles eran mis motivos para matar a Jurado? ¿Cómo fue el asesinato? ¿Desde cuándo lo había yo planeado? ¿Qué tipo de relación sostenía con Benjamín? ¿Quiénes eran mis cómplices? No lo conozco, no lo maté, no tengo motivos, nadie es cómplice de nada. Ninguna de mis respuestas satisfacía su urgencia o necesidad de encontrar un culpable. Preguntaba uno y luego volvía a preguntar otro. ¿Qué motivó mi decisión para empujarme a un crimen? ¿Quería sentirme como uno de los personajes de mis libros? Era claro el proceder de los policías, querían que me quebrara y me inculpara de un crimen que no había cometido, ellos apostaron al desgaste; yo, a mi inocencia.

            A pesar de mis respuestas negativas, en el rostro del detective Marcelo Nery se trazaba una línea de complacencia, en pocas horas de investigación había localizado una prenda que podría haber sido el arma homicida.

            Salí de la sala, en medio de un sentimiento de desamparo y pesadumbre, los policías parecían acechar para inculparme en ese asesinato. Caminé meditabundo rumbo al árbol en el que colgaron el cuerpo de Benjamín, llegué completamente mojado frente al inmenso pirul. Percibí los aromas de la noche. En medio de esa mixtura aromática, pregunté, pero sólo el viento escuchó: ¿Qué te pasó Benjamín? ¿Te mataste o te asesinaron? En cualquier caso, ¿por qué?

            Llegué a mi habitación en busca de refugio y calor, me quedé dormido casi en seguida. En la madrugada escuché ligeros golpes en la puerta. Alguien tocaba, pero no quería llamar la atención de los demás huéspedes, entre sueños me levanté y percibí el sonido de unos pasos que se alejaban a la carrera. Abrí la puerta, nadie en el corredor, fui a la escalera, pero tampoco vi nada, regresé al dormitorio. En el piso había un papel de uso corriente, lo levanté y leí el contenido:

 

Busca en las letras del pasado

 

            En ese momento me sentí como personaje de novela de misterio. ¿Qué pasaba en la residencia? Horas antes, en mi habitación, aparecieron unas medias que me ponían como sospechoso número uno de la muerte de Benjamín. Aún con ese problema encima, alguien me había dejado un mensaje que no me decía nada, pero suponía estaba relacionado con el asesinato del colaborador de Horacio San Martín. ¿Quién me utilizaba como carnada y por qué? ¿Quién manipulaba los acontecimientos? Preguntas que me obligaban a buscar respuestas y sabía que las mismas se hallaban allí, en la residencia. Ya no pude dormir más. En mi mente estaba grabada la oscura frase del mensaje anónimo: Busca en las letras del pasado. ¿Qué buscar y en qué letras? Ése era mi dilema.

            «¡No quiero ir a la cárcel por un crimen que no cometí!», dije en voz alta.



lunes, 14 de agosto de 2023

EL GATO QUE LEÍA A POE

 


EL GATO QUE LEÍA A POE[1]

Mauricio Yáñez

 No podría precisar el momento aciago de mi desgracia. Creo que inició cuando murió Ángela, mi bella esposa, y quedé en la penumbra de la soledad que sentí enquistarse en lo más profundo de mi débil corazón. O quizá fue cuando Alan, mi hijo, decidió quedarse en la ciudad para terminar su especialidad médica sobre algún tipo de cáncer del aparato digestivo y dijo que me visitaría en cada uno de sus periodos vacacionales, situación que al momento no ha ocurrido. O quizá fue cuando compré esta casa y me mudé a ella y descubrí el gato que, en aquel entonces, era su vigilante y único morador, cual si fuera el amo y señor de la propiedad.

                        Desde joven y debido a mi insigne profesión poco a poco me convertí en una celebridad. Mi nombre era reconocido en los lugares más apartados del orbe. Los especialistas del área y de ciencias afines buscaban mi consejo para determinar la valía de una obra antiquísima o el descrédito de la misma. Podría decirse que solía ser el bibliófilo más dilecto de mis contemporáneos. Una especie de anticuario de libros raros y antiguos, ese fui hasta la muerte de Ángela. La desaparición física de mi amada esposa llevó mis ímpetus a dar por concluida mi labor profesional y proponerme un merecido descanso hasta el fin de mis días.

                        Una vez resuelto a la jubilación empleé mis exiguos ahorros en la adquisición de esta vieja casona en un apartado valle en los linderos de un espeso bosque de coníferas. Mi hijo esgrimió ciertos ruegos para que no me hundiera en la soledad a sabiendas que él podría hacer muy poco si se presentaba una urgencia en esa lejanía, pero no hubo discurso que impidiera actuar con celeridad en la mudanza.

                        La finca, aunque antigua, posee el encanto de la quietud. Es de una sola planta y cada una de sus habitaciones resulta suficiente para mis necesidades. El recibidor es espacioso y cuenta con una chimenea que juega un papel fundamental en los días invernales o lluviosos.

                        Desde el día de mi arribo a mi nueva morada me encontré con el gato. De hecho, fue el único ser viviente que percibí en no sé cuántos kilómetros a la redonda. Al principio pensé que pertenecía a alguna familia en la población más próxima, pero su insistencia por permanecer a mi lado hizo que no me ocupara de buscar a sus dueños. Tampoco nadie se presentó a reclamar su propiedad o siquiera preguntar por el animal. No le di ninguna importancia a la presencia de dicha criatura. Se le veía custodiar la puerta de la entrada. Por las tardes se arremolinaba en el tapete de la estancia para disfrutar del fuego de la chimenea. Algunas noches lo descubrí durmiendo sobre mi propio lecho. Ninguna de sus acciones me inquietaba, salvo por un detalle: nunca lo vi probar bocado alguno. Tal como le servía algún alimento el plato quedaba intacto, quise explicar ese hecho dando por sentado que el animal tendría manera de abastecer sus propias provisiones, podrían ser ratas u otro animal del campo, pensé.

                        Una fría mañana de otoño el sonido del teléfono llamo mi atención. Toda vez que yo mismo anuncié mi retiro en los diferentes círculos sociales en que solía moverme, sobra decir que, desde mi mudanza, pocas voces escuchaba. Era el rector de una prestigiosa universidad en Baltimore, Maryland, Estados Unidos. Última ciudad que vio con vida al ilustre poeta estadounidense Edgar Allan Poe.

                        Thomas Wilson era el nombre del académico que hizo la llamada movido por la insistencia de varias personalidades tanto de su propia casa de estudios como de otras universidades. El tema era el siguiente: Habían encontrado un raro manuscrito cuya incierta procedencia podría ser atribuida al creador de El cuervo, algunos caracteres y otras coincidencias en la escritura los llevó a pensar (a Wilson y a otros académicos) que dichos folios bien pudieron haber sido escritos por Allan Poe. Querían mi opinión experta. 

                        ―Pero, señor Wilson, ya estoy retirado. Además, no soy versado en Poe.

                        ―Lo sabemos. Lo que queremos es su opinión sobre los trazos de la escritura, las texturas de los folios, la sintaxis, las tintas empleadas, en fin… No soy yo quien le va a explicar el trabajo que nadie conoce mejor que usted.

                        ―Seguro en los Estados Unidos habrá mejores técnicos y nuevas herramientas que ayuden a clasificar ese manuscrito.

                        ―Lo queremos a usted ―puntualizó.

                        Finalmente acepté. La desgracia tocó a mi vida a partir de la llegada del manuscrito con la supuesta obra inédita de Edgar Allan Poe.

                        Lo primero que hice fue ponerme al corriente con el trabajo del escritor fallecido en 1849 en la vieja ciudad de Baltimore. Hice un viaje relámpago a esa ciudad para conseguir algunos textos de Poe en su idioma original. Quería atrapar el temple que había maneja el ilustre narrador. Lejos estaba de imaginar que ese viaje traería sus propias consecuencias.

                        A mi regreso, al entrar en mi domicilio con el grueso paquete de obras de aquel autor, el gato, que por cierto nunca bauticé, me miró con cierto aire de desafío. No presté mayor atención a esa particularidad hasta que un día al volver de mi paseo mañanero observé al animal en franca concentración sumido en lo que podría ser la lectura del manuscrito que se hallaba sobre mi escritorio. Sé que suena inverosímil tal hecho, pero estoy cierto que fue de esa manera.

                        Espanté al gato con un empellón, pero él insistía en subir al escritorio y continuar en la contemplación del escrito de Allan Poe, circunstancia que empezó a cansarme.

                        Una tarde, no bien había dado por concluidas mis labores del día y presto a depositar el consabido original en la caja de resguardo con la que había llegado desde la universidad de Maryland, el gato se tornó osco y lanzó una serie de arañazos que logré esquivar. Sin más volví a mis tareas.

                        Desde aquel momento, cada que me disponía a trabajar sobre la supuesta obra del maestro nacido en Boston, el gato se volvió mi sombra. Conforme iba haciendo mis anotaciones y volvía un folio, el gato mecía su pequeña garra para regresar la página cuya lectura él no había concluido.

                        En este momento, es preciso hacer un alto en mi demencial narración para referirme al consabido manuscrito cuya autoría, como he dicho, podría atribuírsele a Poe. El documento narraba sucesos ocurridos en un tiempo inmemorial en Orange Town, una pequeña villa cercana a Baltimore en la que residían unas decenas de familias. Un mal día, nadie sabía cuándo ni por qué, llegó una manada de gatos salvajes que dieron muerte a varios vecinos del lugar. Los pobladores quisieron ahuyentar a los felinos, pero éstos crecían día con día. Tan pronto mataban a un gato que en horas llegaban dos o tres o más animales de la misma ralea. Por las noches sólo se escuchaban los chillantes maullidos de esas pequeñas fieras y los lamentos de las víctimas de las mortales fauces de sus asesinos. En pocas semanas los letales intrusos dieron cuenta de los desdichados residentes de Orange Town y convirtieron esa comarca en su propio reino. Esa era la historia que Thomas Wilson hizo llegar a mi residencia y que tenía ensimismado al gato que vivía conmigo.

                        Días después, durante una inclemente noche de borrasca en la que los truenos y rayos colmaron el apacible cielo del paraje escuché extraños ruidos provenientes del salón. Sólo con el pijama puesto salí al encuentro de aquellos insólitos sonidos. Allí estaba el gato queriendo abrir el estuche protector del manuscrito. Al verse descubierto erizó su pelaje, arqueó la espina dorsal y giró su cuello para que nuestros rostros se encontraran y pude percibir una siniestra mirada de odio dirigida a mi persona. No tuve más remedio que enfrentar a mi posible verdugo. Saqué el valioso escrito de su valija protectora y le especté al demonio representado en esa bestia: «¡Esto es lo que quieres!», al tiempo de ondear los pliegos frente a la monstruosa mirada del animal.

                        Corrí frente a la chimenea que aún conservaba viveza en el fuego de las horas previas y, sin esperar a que el gato tuviera tiempo de nada, arrojé el pergamino a las llamas. El gato lanzó un chillido infernal. Miraba en una alternancia enfebrecida hacia mi persona y hacia las lenguas de lumbre que degustaban la obra inédita de Allan Poe. Sin pensarlo y ya enloquecido se proyectó al interior de la chimenea para rescatar los rescoldos de lo que fuera una brillante historia de muerte. El fuego alcanzó el pelambre de la bestia y empezó a chamuscarlo. Con el último aliento de vida lanzó el manuscrito dañado fuera del alcance de la hoguera y luego salió él. Estaba muy mal herido. Puedo jurar que fue y regresó de la muerte.

                        Tras mi negra experiencia y una vez recuperada mi débil cordura, como pude me justifiqué ante las autoridades universitarias acerca de la desgracia que había sufrido su preciado pergamino, pero desde aquella infausta noche vivo presa de un gato maloliente que tiene la mitad del cuerpo calcinado, un ojo tuerto y las garras finamente afiladas para darme muerte.

 

 

Tultitlán, México, 23 de febrero de 2021.



[1] El gato que leía a Poe, fue publicado por la Editorial App Ipstori, en abril de 2021.

lunes, 31 de julio de 2023

LA ÚLTIMA COLUMNA

 


La Última Columna[1]

Mauricio Yáñez

 

1

 Régulo se encaminó por el rumbo que avanzaba la “bola”. Así se le conocía a la turba que acompañaba a los generales y líderes revolucionarios. Caminaron de noche, en descampado, con la luna de abril a sus espaldas, huyendo de las ráfagas de sol. Hombres, mujeres, niños y bestias, todos movidos por quién sabe qué imán que los atraía y llevaba de un lado a otro, en una fiesta permanente. Junto a este grupo de desposeídos, o mejor dicho, surcando los aíres y avanzando al parejo de los alzados, los acompañaba una parvada de aves de rapiña, listas para proceder a su mágica tarea.

                        Atravesaron pueblos sin nombre y sin gente. Las personas huían al saberse en el camino de la revolución, nada querían saber de ella. En San Antonio el Alto escucharon las campanas de su iglesia, llamando a nadie para la misa.

                        En este andar, de allá para acá, se lograban consolidar algunas relaciones de amistad entre la soldadesca, más por conveniencia que por otra razón, era mejor permanecer unidos, eso les daba una fuerza solidaria ante la adversidad. Tal fue el caso de Régulo e Hilario Gómez, quienes para mejor identificación entre ellos se decían “compadres”. Hilario Gómez, venido con la turba desde Sonora. Decía para él y para quienes quisieran escucharlo que era uno de los hombres de mayor confianza del general sonorense y, ese hecho o dicho, lo presumía entre la tropa para que lo respetaran, según.

                        Régulo y su compadre Hilario Gómez, detuvieron su andar en las afueras del pueblo de Celaya, no así la muchedumbre que avanzó hasta hacer suyo el lugar. Las casas, cantinas e iglesias fueron llenándose poco a poco con seres sin rostro, polvorines ambulantes que dejaban su rastro en cada rincón tocado por ellos. Suciedad, embriaguez, violaciones y una fiesta eterna era su estela y su sello. A diferencia del compadre Hilario, Régulo, por su parte, jamás se involucró más de la cuenta, no aprendió los gritos que identificaban a las huestes revolucionarias y que repetían como himno de identidad. “Viva mi general… hijos de tal por cual”, ni le importó en lo mínimo. Tal y como fue anunciado, el enemigo no tardó en llegar.

                        El otro ejército, el enemigo, era igual que el de ellos, formado por el más variado mosaico de gente pobre. Llegaron casi muertos de cansancio, con el hambre reflejada en los ojos y la sed en la piel. Piel surcada por el tiempo, gruesa, ampulosa y tostada por la larga exposición al sol. Había que pelear en contra de ellos por los ideales, aunque ya nadie recordaba cuáles eran.

                        Durante la batalla, los disparos se oyeron retumbar toda la mañana y toda la tarde, horas y horas de pólvora, el tronido de las armas poco a poco cedió su espacio a un silencio mayor. Sólo los ladridos de los hambrientos perros y algunos quejidos cortaban la tranquilidad nocturna. Un enorme y escuálido perro salido de cualquier lugar peleaba en contra de un coyote llegado también de quién sabe qué parte por la posesión del despojo humeante de un caído. Se trenzaron en férrea lucha hasta que el cansancio los venció, cada cual tomó por su lado y también cada cual enseguida pudo hacerse de una pieza de carne fresca sin molestar a nadie. Entre los cadáveres, Regulo avanzó con paso seguro a realizar su tarea.

                        Se ubicó, como tantos otros, en el campo de batalla, en ese otro ejército de retaguardia que, en carretas tiradas por burros, recogía a los heridos y daba sepultura a algunos de los muertos que las batallas dejaban al paso, pero sólo hasta donde las fuerzas alcanzaban. Con los demás cuerpos hacían enormes montones de despojos humanos que rociaban de petróleo y prendían fuego esparciendo el olor a muerte durante semanas, cubriendo con una ceniza negruzca y pegajosa cada poblado por el que pasaban. Nadie reparó en esa figura desgarbada y mugrienta que, como ellos, se movía al amparo de las sombras. Los lamentos no le preocuparon.

                        Este grupo de soldados indigentes y alejados de todo respeto militar fue bautizado por los revolucionarios como la última columna o la columna de las carretas, la columna de la muerte.

                        Régulo caminaba entre la humareda y entre los cadáveres, alejando a las aves de rapiña de los cuerpos aún con vida, a enormes ratas rabiosas y otros animales hambrientos que, con el olor de la sangre, llegaban hasta el campo de batalla, le gruñían al paso defendiendo su presa. Esa noche, Régulo descubrió, casi por azar, en medio de un lodazal, revuelto entre tierra y sangre el cuerpo, ya sin vida, de su compadre Hilario Gómez que había caído muerto cuando una bala mal dirigida le partiera el corazón en múltiples pedazos. El compadre, como casi siempre en medio de las batallas, no se cubría con nada ni de nadie y gustaba exponerse al paso de los proyectiles. Régulo soltó unas lágrimas por el alma del compadre ya caído, lloró como hacía muchos años, no recordaba cuántos, por un ser verdaderamente entrañable. Cubrió el cadáver con algunas piedras, sólo para espantar a los animales, y como no sabía rezar lo único que se le ocurrió decir fue: «ya te alcanzo más tarde compadre, horita tengo que trabajar y tú lo sabes».

                        Inició con los cadáveres que tenía a mano, trasculcando cada uno de los bolsillos tanto de las camisas como de los indefensos pantalones, armas y balas no formaban parte de sus intereses. Dinero, una prenda de oro (dientes incluidos) o cualquier artefacto de valor que llamara su atención pasaban a formar parte de su propiedad. La realidad es que no había mucho de donde pizcar, la mayoría eran peones de viejas haciendas e indios sin patria que, como él, no portaban un solo céntimo en los bolsillos.

                        Por experiencia propia, Régulo sabía de la locuacidad con que trabaja la muerte, algunos de los caídos sufrían de una terrible incontinencia poco antes de morir, como para hacer más grande la deshonra de los perdedores; otros, morían apretando los dientes, poniendo en ello el resto de vida que les quedaba y haciendo difícil la tarea de Régulo. Nunca se detuvo a cerrar los ojos de quienes cayeron mirando al cielo. Había cadáveres trozados en dos partes por las balas de las 30-30. En el campo, ya sin vida, también había cuerpos de mujeres soldaderas. Por una extraña razón, es decir, por una sinrazón, casi todos los muertos aparecían descalzos describiendo la miseria que les rodeaba, de ser el caso que alguien muriera con “buen” calzado, sin más, era despojado de sus preciados zapatos para reúso.

                        Así vivió Régulo desde los últimos meses o años, ya no recordaba. Una voz lo distrajo de sus quehaceres «¡Mátame por favor, mátame te lo suplico!» Régulo ubicó el lugar de donde partía el sonido. Volteó y sin escrúpulos empezó a vaciarle los bolsillos y quitar las pocas cosas que portaba el quejoso. Era el año de 1915 y la primavera recién había comenzado, la revolución y todos sus quebrantos aún tenían para rato.

 2

                         Régulo nació en un pequeño pueblo de Michoacán, hijo natural de un comerciante que, olvidándose de su propia mujer, también le hizo un hijo a la cuñada. Campesino de oficio y casado desde muy joven por la ley de Dios con Ángela del Cielo Bautista Sánchez, oriunda de San Juan del Río y madre de más de cuatro. Se casó con Régulo a los 14 años, aunque desde antes ya había conocido hombre, su miseria y los trabajos que le imponían en su casa, facilitaron que ella tomara una decisión y sin más fue a vivirse con Régulo. A pesar de los embarazos y que con el marido su situación en nada cambio, aún conservaba su cara de niña.

                        La primera noche que pasaron juntos fue de descubrimientos mutuos, sin reproches ni preguntas, cada cual se entendía para sí y de esta manera decidieron continuar la vida.

                        Ángela del Cielo, en más de una ocasión se quedó dormida con los ojos bien abiertos y suelta del habla. Antes de que Régulo se marchará de su vida en varias ocasiones le dijo: «Te veo rodeado de muertos. Muchos muertos, y tú ahí haciendo quién sabe qué cosas». Él no opinaba, prefería no contrariarla y desencadenar algún enojo del espíritu que la hacía hablar de sus visiones.

                        Con su trabajo en los campos, Régulo no alcanzaba a dar de comer a todos sus muchachos que comían, comían y comían, casi como si lo odiaran y, esa terrible picazón que les aquejaba el cuerpo, todos tenían llagas supurantes de tanto rasca y rasca. «Eso les pasa por lo que haces con los muertos —decía Ángela del Cielo—, ni cien doctores podrán curarlos hasta que tú dejes de hacer lo que haces». Por eso, cuando pasó la “bola” ni tantito lo pensó y se fue siguiéndola, huyendo de sus propios males y de los sueños de su mujer. «Algún día regresaré por ellos», dijo para sí.

 

 

                        Era Juan Azcona quien se quejaba, una de sus piernas había sido desprendida de su cuerpo y los intestinos ya estaban a flor de tierra.

                        —Te juro que si me matas te doy a conocer un secreto. Yo sé dónde hay mucho oro y te lo puedo decir.

                        —No señor, eso no es cristiano.

                        —No seas tonto, te vas hacer muy rico.

                        —Será, pero no es cristiano.

                        —En la iglesia de la Inmaculada, en el pueblo de Santiago, allá muy cerca de Querétaro, existe un lugar con un gran tesoro, si prometes acabar con mis dolencias te digo dónde está. Si no todo ese oro se va a volver polvo de tan viejo, puede ser tuyo, júrame que me darás el tiro de gracia.

                        Después de pensarlo unos momentos.

                        —Está bien, lo voy hacer por purita piedad, dígame.

                        —Sí, detrás del retablo mayor, bajo el nicho de San Judas…

                        —Y cómo sé que no me dice mentiras.

                        —En Santiago todos me conocen, soy Juan Azcona, preguntas por mi casa…

                        Régulo extrajo un puñal de entre sus ropas para cumplir con su parte del trato, un tajo certero en el cuello sería suficiente, pero Azcona le ahorro el mal rato, exhaló por voluntad propia.

                        Antes del amanecer, Régulo encaminó sus pasos en dirección opuesta a la batalla.

 

 

                        Pese a todo el trajín revolucionario, Santiago se mantenía apacible y con vida. Preguntó por lo suyo:

                        —Sí, aquí vivió el padre Juan pero hace mucho que se fue del pueblo, creo que desde que llegó la revolución —dijo un entendido—. Sí, el atendía la iglesia, pero hace mucho que está cerrada, pero si quiere pues vaya usted pa´ allá.

                        Con las señas que le proporcionaron Régulo llegó al lugar, «así que era el padrecito de este pueblo, quién le manda andar en la bola el muy…», pensó para sus adentros.

                        El sitio olía a encierro, a humedad, comido poco a poco por el tiempo. Imágenes descarapeladas de santos sin manos o sin ojos por cuyos huecos paseaban libremente las ratas. En el centro de lo que alguna vez fue el altar, un Cristo vigilaba sus dominios y su desordenada grey, ya sin sangre y sin lágrimas de tanta espera. Régulo, se abrió paso entre maderas podridas y telarañas. Detrás del retablo mayor, encontró la caja que le había dicho el padre Juan Azcona, la abrió con manos temblorosas y sólo olvido desenterró en ella.

 

 

                        Régulo llegó hasta su hogar en el estado de Michoacán, Ángela del Cielo Bautista Sánchez seguía conservando el rostro de niña y el cuerpo estragado, lucía un embarazo de varios meses, él no reprochó nada, ya había andado bastante.

 

 

Cd. de México, 08 de octubre de 2004.

 



[1] El cuento La última columna fue publicado por la Editorial App IPSTORI en septiembre de 2020.

jueves, 20 de julio de 2023

A LA ESPERA DEL GENERAL

 



A LA ESPERA DEL GENERAL

Mauricio Yáñez

 

El sol no había aparecido en los últimos tres días, el cielo cubierto de un manto blancuzco no era más que el llamado de lluvia temprana. En el poblado de Llano grande las treinta o cuarenta familias que allí residían estaban tensas, no por la llegada de la lluvia sino por la proximidad de las huestes revolucionarias.

                        A vuelo de pájaro se hizo constante y ligero el rumor del avance de las fuerzas villistas por la comarca. Aunque a fuerza de verdad, nadie de los habitantes de Llano grande había estado más cerca de la revolución que el parloteo de las habladurías, esta ocasión todos dieron por cierto que el general Pancho Villa y su División del Norte, en su marcha rumbo a la ciudad de México, pasaría sobre Llano grande.

                        El domingo anterior, al finalizar los servicios religiosos en que la mayoría de las familias participaban, Narciso Urbina solicitó el permiso del párroco para hacer el anuncio que su compadre, Ubaldo Ceniceros, le informó de la llegada del general Villa a la región. A partir de aquel momento, en Llano grande se perdió el reposo de las almas pudorosas. Por decires de la gente sabían de la ferocidad del general revolucionario y del abuso de sus seguidores: leva, robos, violaciones y otros atropellos dejaban al paso.

                        Fuera de la iglesia se escuchó comentar a un par de comadres referente a los imaginarios poderes mágicos del Centauro del Norte:

                        ―Dicen que embaraza a las mujeres con sólo mirarlas ―fue el dicho de Eduviges Campa.

                        ―No vaya a ser, Comadre, que embarace a mi Lupita. ¿Qué haremos? ―pronunció compungida Ramoncita Barraza.

                        ―Pos… Yo que usted me la llevaba fuera de aquí, ni qué decir ―aseveró Eduviges, quien para su fortuna ya no tenía hijas casaderas en su recaudo.

                        No muy lejos de allí, un par de jóvenes soñadoras entrecerraban los ojos con la ilusión de que cualquiera de los “Dorados” se fijara en ellas y se las llevaran muy lejos de Llano grande, quizá hasta la capital.

                        La noticia destrozó la tarde de ese domingo, el micro universo de Llano grande se fue de bruces contra la realidad de la revolución. En las calles, al compás de la ventisca, sólo parcos espíritus merodeaban el desasosiego. Apuraban medidas urgentes. Los mayores se reunieron en la cantina de Martín, el tuerto, para debatir el apremio ante la inminente llegada de Pancho Villa y sus corifeos. El primero en hablar fue Bartolomé:

                        ―Ante la sinrazón de estos hombres y los males que traerán debemos evitar que entren a Llano grande ―lo dijo mientras limpiaba sus recios bigotes después de beber un trago de aguardiente.

                        ―Pero, ¿cómo le hacemos? ―terció Jerónimo.

                        ―Se llevarán a los jóvenes y a nuestras mujeres, quizá nos maten a nosotros ―dijo Serafín con voz apenas audible.

                        Así, en la mente de todos y cada uno de ellos una insidiosa pregunta: ¿Cómo evitar que Villa y sus hombres se aposentarán en la comarca? No había manera. Los minutos y luego las horas pasaron quedito. Fue Martín, el dueño de la cantina quién propuso una solución: Antes de hablar, con su único ojo vivo, miró a todos sus oyentes. Tenía un solo ojo, pero miraba por cuatro.

                        ―Semos hombres, ¿qué no? Si viene por nosotros, pues entonces habrá que llegar primero y no esperar a que ellos vengan. Salgamos al camino y pues que sea lo que Dios quiera ―terminó su intervención y fijo la mirada en la puerta de la cantina, como ya queriendo ver a los villistas.

                        ―Explícate ―irrumpió el mismo Jerónimo al tiempo de golpear con el sombrero de palma sobre su rodilla.

                        ―Pues yo digo, si Villa quiere entrar a Llano grande por soldados, pues que sean los soldados que esperen a Villa. De esa manera nos evitamos que llegué hasta el pueblo y quizá no toquen a nuestras mujeres y a nuestras vacas.

                        Aunque todos asintieron nadie entendió el juicio del cantinero.

                        ―Pero aquí no hay soldados ―precisó Anacleto Buendía.

                        ―Pues habrá que nombrarlos ―insistió Martín.

                        Mucho aguardiente corrió alrededor de esa única propuesta, ya hasta había llegado la noche. Al final, aceptaron que era una buena salida para sus miedos.

                        Ahora la tarea era escoger a los hombres que quisieran alistarse en las filas de la revolución. Se pidieron voluntarios y nadie levantó la mano. Se invitó a los solteros, porque ellos al fin nada tenían que perder, pero ninguno dio un paso al frente. Después de otras tantas horas de acalorado desorden llegaron a un acuerdo: cada una de las cinco familias con más prole entregaría a uno de sus hijos adolescentes para que se unieran a la División del Norte. Así se estableció y todos regresaron a sus hogares.

                        Las familiar destinadas para salvar la integridad de la comunidad pasaron la noche en vela con los preparativos de los arrestos de sus valerosos hijos. Muy tempranito, aún no despuntaba el alba, los cinco jóvenes estaban en la salida del pueblo. El miedo atenazaba sus caras de niños. Las madres lloraban. Recibieron la bendición del cura y enfilaron su andar para encontrarse de frente con la guerra. Su encomienda era desalentar cualquier idea de los villistas de acercarse a Llano grande. Las frugales figuras se perdieron en la saturación del espacio. Lo cierto es que tan pronto desaparecieron de la vista de sus respectivos padres, echaron a correr en contrario al punto que se pensaba sería tomado por el ex gobernador de Chihuahua y los suyos.

                        Lerdos, cansinos, casi como olvidados avanzaron los siguientes días. Los oriundos de Llano grande tapiaron las endebles ventanas de sus chozas. Escarbaron pequeños pozos en los suelos arenosos de sus cocinas y allí enterraron los enceres que consideraron tenían algún valor, casi siempre más de orden afectivo que material. Las mujeres adultas se llevaron a las mujeres más jóvenes al monte, hasta una zona arbolada, buscaron alguna saliente entre los cerros y construyeron una especie de trinchera que encubrieron con gruesas ramas de arbustos y árboles.

                        Una de esas tardes infaustas, Domiro Lamas, el sacerdote del lugar, decidió prender fuego al templo. Las paredes y el techo del jacal que fungía como iglesia eran de madera burda por lo que no tardaron en arruinarse. No quería que las polvosas imágenes de santos, mucho menos el mísero altar, cayeran en manos de aquellos hombres que, por lo demás, eran considerados ateos. Al acercarse al lugar que ardía con singular frenesí, los pobladores de Llano grande encontraron al cura tirado de bruces en el piso del rústico atrio. Su cuerpo estaba en cruz, con el rostro pegado a la tierra y con sus labios besaba el suelo. Domiro Lamas tenía lágrimas en los ojos y sólo repetía: «Así está mejor. Así está mejor».

                        La tensión ya no tenía espacio en el cielo de Llano grande. Una inmensa polvareda que ennegreció el ánimo de las familias era el anuncio de las cercanías de las tropas villistas. Estarían a unos cientos de metros. Sin atinar una ayuda de la providencia para escapar de la amargura de la leva o cosas peores por parte de las turbas revolucionarias, con los últimos arrestos de hombría que le quedaban, Toribio Benavides sacó su arma y se voló la tapa de los sesos frente a la mirada aprensiva de sus hijos que lejos estaban de entender por qué su padre se quitó la vida. Isabel, la esposa de Benavides, salió de su casa y echó a correr para esconderse detrás del monte. En el hogar del matrimonio sólo quedaron tres chiquillos que nunca, ni por asomo, escucharon de los arriesgues de “la bola”.

                        A unos cientos de metros del sitio donde yacía aún fresco el cadáver de Toribio Benavides, para evitar pasar entre una cañada formada por los cerros del Espigal y Lomo pelado, el general Francisco Villa ordenó a sus tropas cambiar el rumbo de la ruta, no quería ser presa de ninguna emboscada. Con esa decisión Villa y sus hombres bordearon el caserío de Llano grande cuyos moradores, sin siquiera saberlo, volvieron a quedar en su lacerante abandono.

 

 

Tultitlán, México, 10 de diciembre de 2020.

 NOTA: Publicado en la editorial App Ipstori en enero de 2021

jueves, 26 de agosto de 2021

CÓMPLICES INOCENTES



 CÓMPLICES INOCENTES

“En medio de un sobrado silencio bajan al solar, saben que si salen de la vivienda es una decisión sin vuelta atrás, Ariel no tiene llave de la entrada. Abren el portón que mira a la calle. Corre un viento fresco sin llegar a frío. El aire apesta viciado, a retrete. Se paran en el quicio de la puerta, aún vacilantes. Chuy aferra el brazo de Ariel, tiene miedo, se asume presa del desasosiego que llega al tomar una decisión. Ariel voltea hacia el interior de la oscurecida vivienda, en el pretil del barandal de la escalera observa la figura erguida del abuelo Abraham, muerto años atrás. Afuera la noche con todas sus incertidumbres. No transitan autos. Las farolas apenas iluminan la calle, producen una luz amarilla, enferma. Ese marco los aguarda, un paso al frente y, en un último esfuerzo de resistencia, con el mayor cuidado, cierran la puerta. Están en la vía pública. Es septiembre”.

 

Cómplices inocentes es la narración de una aventura infantil vivida por Ariel, David y Jesús, experiencia que sucede en el transcurso de las 24 horas el día del décimo cumpleaños del primero. Es también una lección de madurez en la vida de estos niños. Al mismo tiempo, es el relato de secretos, carencias y costumbres de tres familias disímbolas, relacionadas por el vínculo de la sólida amistad de los menores.

 

Mauricio Yáñez (Ciudad de México, 1965), con esta su segunda novela, logra atrapar al público mediante una prosa ágil, directa, cruda, al retratar el entorno social de un barrio ubicado en los límites geográficos de la capital del país en el año de 1973.

 

jueves, 8 de julio de 2021

CEREMONIA DE CLAUSURA

 Ceremonia de Clausura. Generación 1998-2002

Ciudad de México, 15 de noviembre de 2002

 


Hist. Gumercindo Vera

Coordinador de la Lic. de Historia/ENAH

 

Estimadas Alumnas y Alumnos que hoy egresan

 

Señoras y Señores

 

Amigos todos:

 

En primer término permítanme expresarles el beneplácito y el honor que me resulta compartir con todas y todos ustedes esta noche en la que, una nueva generación de historiadoras e historiadores emprende el vuelo hacia nuevos confines tanto del conocimiento histórico como en sus actividades personales; noche que, por otra parte, también nos presenta un cúmulo de sentimientos encontrados, que al unísono nos llevan de la alegría a la nostalgia y viceversa. Alegría porque nos ha tocado presenciar el crecimiento y constante deseo de aprendizaje de los nuevos adoradores de Clío; nostalgia, por el necesario alejamiento que tendrán, algunos de ustedes, de esta Casa de Estudios, pero que sabemos, pondrán su nombre en el lugar que le corresponde.

 

La pregunta que en estos momentos me viene a la mente es: ¿Qué significado tiene actualmente el papel de la historia y del historiador en esta sociedad? Sociedad que se caracteriza por ser moderna, global y tecnologizada, en donde pareciera que a nadie le interesa rescatar los olvidos del pasado. La respuesta sin duda es compleja y no podrá más que vislumbrarse, quizá a lo lejos, esta noche. La ciencia de la historia se encuentra en un estado de lamentable ambigüedad; por un lado, encontramos voces que claman por la fuerza natural que tiene el conocimiento del pasado y la necesaria urgencia de aprender y beber de su manantial para evitar errores ya vividos; sin embargo, y pese a esta notable insistencia, por otro lado, tenemos también una realidad que nos demuestra que a muy pocos les inquietan los saberes del ayer, más allá de lo académico, por supuesto. Luego entonces, nos corresponde a los historiadores, revalorar la particularidad e importancia de nuestro quehacer; nos vemos obligados, y principalmente ustedes que habrán de enfrentarse a estas inconsistencias, a ofrecer respuestas inteligibles a los estragos de este inquietante presente.

 


Considero que el historiador de los nuevos tiempos es el hombre o mujer que despierta el sueño de los muertos con un propósito: objetivo, definido y claro; que se inmiscuye en la vida de los antepasados con la finalidad de hacer un trabajo socialmente útil y de beneficios tangibles; que aprovecha las nuevas herramientas que la tecnología pone a su alcance para realizar estudios de mejor calidad y, por último, que no demuestra miedo, aunque lo sienta, ante las posibilidades de la comunicación virtual a través del Internet o las redes modernas de interrelación que poco se parecen a nuestro ejercicio artesanal. Sin embargo, no debemos olvidar que la fuerza de nuestra práctica se encuentra en los sinuosos laberintos de los archivos históricos y sus miles de empolvados documentos, cuyos contenidos están a la espera de su redescubrimiento. Nunca debemos dejar de lado el interés, en ocasiones hasta infantil, de búsqueda y asombro ante las maravillas de nuestros hallazgos, los conmino a no dejarse vencer por las adversidades toda vez que ellas –las adversidades- forjan el carácter del investigador. Sabemos que una de las virtudes del ejercicio histórico es la paciencia, habrá que recurrir a ella cuando las investigaciones demoren más de lo esperado.

 

Por otra parte, y esto lo manifiesto como una mera invitación, considero que debemos aprovechar las bondades del conocimiento del pasado para transformar nuestra sociedad. El mundo en que vivimos es por demás violento, inequitativo e incierto; carecemos de las más elementales certezas sobre todo aquello que nos rodea y nuestros miedos reales e imaginarios se acrecentan día con día. Quienes nos dedicamos al estudio de las ciencias humanas tenemos la honrosa y delicada tarea de ser motores del cambio, nuestra sociedad esta a la espera de escuchar nuestra voz. Debemos construir una sociedad humanamente accesible para nosotros mismos y para las generaciones que nos sucederán.

 


Para finalizar, estimadas alumnas y alumnos que hoy egresan de la Escuela Nacional de Antropología e Historia, Casa de Estudios que les brindó su cobijo por espacio de cuatro años y que hoy los ve partir, espero que el futuro les sea prometedor y lleno de éxitos profesionales; que el refugio que buscaron en la historia sea el motor para nuevas aventuras.

 

Muchas gracias.

 

jueves, 10 de junio de 2021

La musa

 

La musa[1]

Mauricio Yáñez

 




Conocí al famosísimo escritor Xavier Barrios una calurosa noche de septiembre. Nuestro primer encuentro tuvo lugar en la ancestral Sociedad de Escritores. Él participó con una bella disertación sobre la compleja estructura del cuento. Cuando concluyó el acto me acerqué hasta donde reposaba su gruesa figura, quería comentarle dos aspectos que manejó en su ponencia y en los cuales yo difería, resolvimos cenar juntos.

                        Con el nacimiento de nuestra amistad se eclipsaron algunos amigos que aún hoy recuerdo. Barrios se transformó en una extraña circunferencia en la que yo era el núcleo. Sus interminables monólogos sobre historia y literatura, así como las ilustrativas reseñas de sus viajes, me cansaban de grata satisfacción.

                        El día de nadie se presentó ante mí más ebrio que lo usual y, con ese tono tan suyo, me dijo que lo acompañara a donde su musa. El lugar era oscuro, triste, casi frío. Una mariposa con su delicado paso cortaba la penumbra. Ahí estaba, era una mujer de apariencia helénica, de belleza lejana y perenne, Xavier hizo que me sentara en el diván e inició una accidentada narración sobre su relación con mi desconocida.



                        La conoció una tarde de invierno en las afueras de la antigua Roma, en la casa de Aldo Rossi, el ensayista prolífico. Poseedora de una imaginación vastísima, se enamoró de ella, pero no con el deseo de la carne sino más bien con un amor filial, de compenetración espiritual, trocaba todas las historias que ella comentaba en verdaderas obras novelescas, de ahí el origen de su renombre como escritor, en cuanto tuvo oportunidad la raptó, se la robó para él. En esos momentos y sin saber por qué sentí una infinita lástima por mi amigo.

                        A partir de aquel día las tardes las pasábamos en la cueva de la musa, tomando apuntes de todo lo que ella nos decía, redactando las fantasiosas historias que narraba. El prestigio de Barrios se mantuvo y el mío comenzó a aparecer dentro de los círculos literarios.

                        Sin ningún anuncio un mal día la musa desapareció, confinándonos a un silencio avasallador, cubriendo nuestro entorno con una oscuridad inmisericorde.

                        Barrios bebió hasta la locura, provocando su muerte creativa, asesinando al escritor, yo me comporté de una manera cobarde buscándola hasta en el rincón más incierto, sin encontrarla jamás.

                        Por eso, cada que el calendario deja caer el amanecer del día 25 del séptimo mes, regreso a este santuario a rendir tributo a la imaginación, esperando verla entrar por aquella puerta de color azul fuerte.

 

 

Cd. de México, septiembre de 1996.

 



[1] Publicado en el Boletín Cultural ENAH. Órgano informativo y cultural de la Escuela Nacional de Antropología e Historia. Junio de 2002. Página 16.